Había, dicen, otro canto de amor a Stalingrado, más nerudiano aun, es decir, menos accesible a las masas lectoras. Lo objetaron. Se necesitaba algo distinto. Entonces nació este que un endecasílabo perfecto titula y donde los más fáciles consonantes de la lengua se enlazan, medidos y ritmados, a los asonantes menos difíciles.
Y es que los poetas, como los gobiernos, cuando duran un poco tienen que enfrentarse con la realidad y, fatalmente, abandonado el rigor de sus doctrinas revolucionarias, tienden a convertirse en gobiernos y poetas conservadores, parecidos a la tradición.
Así Neruda, así Rusia.
Naturalmente, algo les queda: las aguas del mar no se retiran sin dejar humedecida y aun espumosa la ribera; y los seguidores de lejos, que no iniciaron la marea, tardan, asimismo, en regresar; pero el movimiento, desde alguna distancia, se percibe. Oleadas oceánicas, ideológicas, estéticas, quién ha visto algunas ya puede predecirlas: porque “lo que ha sido, es y lo que es, será”. Y nada hay nuevo bajo el sol.
¡También Pedro Prado, hace treinta años, escandalizaba!
Curado de espantos el público, ahíto de sobresaltos, empieza a tranquilizarse justamente cuando el poeta, saturado a su vez de atrevimientos, sin más apetito de audacias, comienza a moderarse y descubre el placer de la sujeción.
“Yo escribí sobre el tiempo y sobre el agua,
describí el luto y su metal morado,
yo escribí sobre el cielo y la manzana,
ahora escribo sobre Stalingrado
Ya la novia guardó con su pañuelo
el rayo de mi amor enamorado,
ahora mi corazón está en el suelo,
en el humo y la luz de Stalingrado”.
Pasan las estrofas como sobre rieles, aquí y allá por costumbre, por resabio inveterado, tal cual trisadura y reminiscencias del viejo desvarío. Y algún ripio impúdico.
“Yo sé que el viejo joven transitorio
de pluma, como un cisne encuadernado,
desencuaderna su dolor notorio
por mi grito de amor a Stalingrado”.
“Notorio” está ahí, notoriamente para rimar con transitorio y viceversa. Nada más. El cisne encuadernado sustituye bien la mariposa disecada a la momia y sus bandeletas de oro, equivalentes. Esa pluma, puesta al azar, no se sabe dónde resulta pasablemente
humorística o simplemente ridícula.
Son las inevitables caídas que compensarán con amplitud las sucesivas elevaciones que hay después, hermosísimas, felices, de poesía verdadera.
Sin embargo...
¿Alcanza esta oda heroica —hay que darle su nombre— la plenitud de su propósito? ¿Resuena esta voz en un ámbito tan vasto como lo pedía la ocasión y tiene esa “entonación alta y robusta” esa trascendencia histórica exigida por las circunstancias? ¿Era una palabra, Neruda, el poeta para cantar a Stalingrado?
Él lo dice.
Nosotros podemos ponerlo en duda, aún admirando la oda, aún reconociendo las excelencias muy mezcladas, del temperamento nerudiano.
La visión nos parece demasiado inmediata. Falta la perspectiva inmensa que abre la historia a esa batalla término como la de Poitiers que detuvo a los hunos, como la de Granada que expulsó a los moros, como Lepanto que aventó al infiel, como todas las grandes pugnas decisivas en que la civilización europea salvó su porvenir, las que permitieron a la cristiandad seguir su curso.
“Cantemos al Señor, que en la llanura
venció, del ancho mar, al Trace fiero…”
Falta el Señor.
Neruda combate con los combatientes, y combate bien se recrea en la venganza, bien en la humillación de los soberbios, estigmatiza los huesos de los asesinos, de los profanadores:
“Los que humillaron la curva del Arco
y las aguas del Sena han taladrado
con el consentimiento del esclavo,
se detuvieron en Stalingrado”
Idea de que las mejores expresiones también alcanzan para el inferior. Como sucede al revés en:
“Los que la noche blanca de Noruega
con aullido de chacal soltado
quemaron esa helada primavera,
enmudecieron en Stalingrado.”
La enumeración se vuelve emocionante de esas justicias ejecutadas por manos que un día estuvieron prontas a colaborar en la injusticia. Ejemplo de cómo el destino maneja a los hombres.
Pero falta “el Señor” y en vez de Él está excesivamente Neruda, el poeta voluptuoso, floral, pasional que concluye personalmente:
“Guárdame un trozo de violeta espuma,
guárdame un rifle, guárdame un arado
y que lo pongan en mi sepultura
con una espiga roja de tu estado,
para que sepan, si hay alguna duda,
que he muerto amándote y que me has amado,
y si no he combatido en tu cintura
dejo en tu honor esta granada oscura,
este canto de amor a Stalingrado.”
Bellas imágenes, líricas, plásticas, efusión un poco demasiado suave para tan sangrienta, solemne y trágica aventura.
De ahí que se diga: —Está bien, es admirable. Y que se experimente sin embargo una vaga sensación de insuficiencia como de tarea cumplida diestramente, encargo superior, al finalizar la lectura de este “Nuevo Canto de Amor a Stalingrado”.
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