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  1. #1
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    julio-2007
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    Predeterminado Fragmentos favoritos de libros.

    Trópico de Cáncer (Henry Miller).

    Tania es como Irene. Espera cartas voluminosas. Pero hay otra Tania, una Tania semejante a una enorme semilla que disemina el polen por todos lados...o, digámoslo al modo de Tolstói, una escena de establo en la que desentierran al feto. Tenia es una fiebre también...les voies urinaires, Café de la Liberté, Place des Vosges, corbatas brillantes en el Boulevard Montparnasse, cuartos de baño oscuros, oporto seco, cigarrillos Abdullah, el adagio de una sonata Pathétique, amplificadores auriculares, sesionesanecdóticas, pechos de siena rojiza, ligas gruesas, qué hora es, faisanes dorados rellenos de castañas, dedos de tafetán, crepúsculos vaporosos que se vuelven acebo, acromegalia, cáncer y delirio, velos cálidos, fichas de póquer, alfombras de sangre y muslos suaves. Tania dice de modo que todo el mundo pueda oírla: <¡Le amo!> Y mientras Boris se calienta con whisky, ella dice: <¡Siéntate aquí! Oh, Boris...Rusia...¿Qué voy a hacer? ¡Estoy a punto de estallar!>

    Por la noche, cuando contempla la perilla de Boris reposando sobre la almohada, me pongo histérico. ¡Oh, Tania! ¿Dónde estará aquel cálido coño tuyo, aquella gruesas y pesadas ligas, aquellos muslos suaves y turgentes? Tengo un hueso en la picha de 15 centímetros. Voy a alisarte todas las arrugas del coño, Tania, hinchado de semen. Te voy a enviar a casa con tu Sylvester con dolor en el vientre y la matriz vuelta del revés. ¡Tu Sylvester! Sí, él sabe encender un fuego, pero yo sé inflamar un coño. Disparo dardos ardientes a tus entrañas, Tania, te pongo los ovarios incandescentes. ¿Está un poco celoso tu Sylvester ahora? Siente algo, ¿verdad? Siento los rastros de mi enorme picha. He dejado un poco más anchas las orillas. He alisado todas las arrugas. Después de mí, puedes recibir garañones, toros, carneros, ánades, san bernardos. Puedes embutirte el recto con sapos, murciélagos, lagartos. Puedes cagar arpegios, si te apetece, o templar una cítara a través de tu ombligo. Te estoy jodiendo, Tania, para que permanezcas jodida. Y si tienes miedo a que te jodan en público, te joderé en privado. Te arrancaré algunos pelos del coño y los pegaré a la barbilla de Boris. Te morderé el clítoris y escupiré dos monedas de un franco.


  2. #2
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    junio-2007
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    París, no mames.
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    Predeterminado

    Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj. (Julio Cortázar, de Historias de Cronopios y de Famas.)

    Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente un reloj, que los cumplas muy felices, y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con ancora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te ataras a la muñeca y pasearas contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo fragil y precario de tí mismo, algo que es tuyo, pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgandose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de a atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demas relojes. No te regalan un reloj, tu eres el regalado, a tí te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

  3. #3
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    Predeterminado Revelación

    El primero y el último al apostol Juan en Revelación o Apocalipsis 3:14-18

    14 ”Y al ángel de la congregación que está en Laodicea escribe: Estas son las cosas que dice el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación por Dios: 15 ‘Conozco tus hechos, que no eres ni frío ni caliente. Quisiera que fueras frío o, si no, caliente. 16 Así, por cuanto eres tibio, y ni caliente ni frío, voy a vomitarte de mi boca. 17 Porque dices: “Soy rico y he adquirido riquezas y no necesito absolutamente nada”, pero no sabes que eres desdichado y lastimoso y pobre y ciego y desnudo, 18 te aconsejo que compres de mí oro acrisolado por fuego, para que te enriquezcas, y prendas de vestir exteriores blancas, para que llegues a estar vestido y para que la vergüenza de tu desnudez no quede manifiesta, y pomada para los ojos, para que te la frotes en los ojos a fin de que veas.

  4. #4
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    Predeterminado

    una par de frases cortas de 'el alquimista' (paulo coelho) que me encantó. os recomiendo a todos ese libro: muy profundo, muy bueno, muy bien escrito, muy bonito.

    "Todo hombre tiene derecho a dudar de su tarea y a abandonarla de vez en cuando; lo único que no puede hacer es olvidarla. Quien no duda de sí mismo es indigno, porque confía ciegamente en su capacidad y peca de orgullo".

    os dejo aqui una pagina en la que he encontrado frases muy ciertas que podeis encontrar en este gran libro!
    En esta web además he conseguido un ebook a muy buen precio donde puedo leer todo lo que quiera (y me baje, jejej) así que ya iré posteando más fragamentos.
    Editado por mariapp en 09-nov-2011 a las 05:19

  5. #5
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    Predeterminado Opiniones de un payaso

    :. mariapp nos quiso impresionar diciendo: Ver post
    una par de frases cortas de 'el alquimista' (paulo coelho) que me encantó. os recomiendo a todos...
    Deberían de darte tabla de Las Belles Arts por recomendar a Coelho, lee por favor este post del Lobby, la entrada sobre el autor en Wikipedia, y luego vuelves. Eso si: que bueno que te gusta leer.



    En el tema de el libro que estoy leyendo, alguien que no recuerdo (gracias de todas formas) recomendó un libro de Heinrich Böll, basado en ese criterio cuando fui a una feria del libro (paupérrima por cierto) y lo vi en un puesto; no dude en comprarlo, me gustó, mucho, al grado de que tuve que volver a leerlo inmediatamente al terminarlo, este capítulo en específico:

    Opiniones de un payaso
    Capítulo 14


    La vi volver a casa de noche. A la luz de la luna, el bien recortado césped parecía casi azul. Junto al garaje, ramas podadas, amontonadas allí por el jardinero. Entre la retama y las matas rojas de los acerolos, el cubo de la basura, listo para la recogida. Viernes por la noche. Ya sabría ella a qué olería la cocina: a pescado. También sabría las notas que encontraría, una de Züpfner sobre el televisor: "Tuve que irme urgentemente a casa de F. Besos. Heribert", la otra de la criada sobre la nevera: "Estoy en el cine, volveré a las diez. Grete (Luise, Birgit)."

    Abrir la puerta del garaje, dar la luz: sobre la blanqueada pared, la sombra de un patinete y de una máquina de coser en desuso. En el rincón de Züpfner, el Mercedes probaba que Züpfner se había ido a pie: "Respirar aire, respirar, un poco de aire, aire." Barro en neumáticos y guardabarros recordaba viajes por el Eifel, discursos por la tarde ante las juventudes ("luchar juntos, resistir juntos, sufrir juntos").

    Una ojeada hacia lo alto: también todo oscuro en el cuarto de los niños. Las casas vecinas con entradas de doble vía y separadas por amplios parterres. El patológico reflejo de los televisores. El padre y marido que vuelve a casa molestará como el regreso del hijo pródigo molestaría: no se degollaría ningún becerro, ni siquiera habría pollos a la parrilla, se señalaría fugazmente un resto de pasta de hígado que quedó en la nevera.

    Los sábados por la tarde, reuniones de confraternidad, cuando los volantes de badminton saltaban por encima de la red impulsados por raquetas, cachorros de perro o de gato escapaban corriendo, volantes devueltos por una raqueta, recuperados los gatitos — "oh, qué monada" — o los perritos— "oh, qué monada" — en la puerta del jardín o a través de rendijas en el vallado. Reprimida la irritación en las voces, nunca personal; sólo de vez en cuando se sale de la impecable curva y traza arabescos en el cielo de la vecindad, siempre por motivos fútiles, nunca por los verdaderos: si un platillo se hace añicos con estrépito, un balón que rueda aplasta las flores, manos infantiles arrojan guijarros a la pintura de los coches, lo recién lavado y recién
    planchado es rociado por las mangueras del jardín, entonces las voces se vuelven estridentes, las voces que no pueden chillar ni por estafas ni adulterios ni abortos. "Hija, tienes los oídos supersensibles, toma una medicina."

    No tomes nada, Marie.

    La puerta de la casa se abre: silencioso y confortablemente cálido. La pequeña Mariechen duerme arriba. Así pasa el tiempo: boda en Bonn, luna de miel en Roma, embarazo, parto: rizos castaños sobre níveas almohadas infantiles. ¿Te acuerdas de cuando él nos enseñó la casa y afirmó, lleno de vitalidad: "Aquí hay sitio para doce niños?" Y cómo ahora te examina durante el desayuno, el inexpresado "¿sí?" en sus labios, y cómo gritan los sencillos correligionarios y compañeros de partido, después del tercer vaso de coñac: "¡De uno a doce, van once, reza la cartilla!"

    Se murmurea por la ciudad. Has estado otra vez en el cine, en este atardecer resplandeciente de sol, en el cine. Y otra vez en el cine, y otras veces.

    Toda la tarde sola en el grupo, en casa de Blothert en casa, y sólo el ca—ca—ca en los oídos, y esa vez no terminaba en —nciller el final, sino en —tólicos. Como un cuerpo extraño te zumba la palabrita en los oídos. Suena a juego de cricket, suena también un poco a úlcera. Blothert posee el contador Geiger que permite descubrir a los católicos: Éste sí, éste no, éste sí, éste no." Como si deshojase la margarita: me quiere, no me quiere. Me quiere. Allí se examinan clubs de fútbol y compañeros del partido, gobierno y oposición, con el test católico. Igual que un distintivo racial, se busca la piedra de toque y no se la encuentra: nariz nórdica, boca occidental. Alguien la tiene con seguridad, se la ha tragado, la piedra tan codiciada, la buscada con ahínco. Es el propio Blothert, guárdate de sus ojos, Marie. Lujuria senil, ideas de seminarista sobre el sexto mandamiento, y cuando se habla de ciertos pecados, sólo en latín. In sexto, de sexto. Naturalmente, suena a sexo. Y los queridos niños. A los mayores; Hubert, dieciocho; Margret,
    diecisiete, les está permitido quedarse un rato, para que la charla de los adultos les aproveche. Se habla de católicos, estado corporativo y la pena de muerte, que hace surgir una curiosa llamarada en los ojos de la señora Blothert, y su voz se eleva a irritadas alturas, donde el reír y el llorar se juntan sensualmente. Has intentado consolarte con el trasnochado cinismo de izquierdas de Fredebeul: en vano. En vano intentarás irritarte con el trasnochado cinismo de derechas de Blothert. Hay una bonita palabra: nada. No pienses en nada. Ni en el canciller, ni en los católicos, piensa en el payaso que llora en la bañera, que derrama el café en sus zapatillas.

  6. #6
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    octubre-2006
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    Predeterminado

    Fragmento de "La Reina" de José Emilio Pacheco

    "-Maldito, puto, enano cabrón, hijo de la chingada. Ojalá te peguen. Ojalá te den en toda la madre y regreses chillando como un perro. Ojalá se mueran tú y la puta de Leticia y las pendejas de las Osorio y el cretino cadetito de mierda y el pinche carnaval y el mundo entero.

    Y mientras hablaba, gritaba, gesticulaba con doliente furia, rompía su cuaderno de cartas, pateaba los pedazos, arrojaba contra la pared el frasco de maquillaje, el pomo de rimmel, la botella de Colonia Sanborns. "

  7. #7
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    diciembre-2008
    Vengo de
    Mérida
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    Predeterminado El padrino

    Otro de los libros que leo por lo menos una vez al año es: El padrino de Mario Puzo. De las pocas obras de las que se puede decir que libro y película son igualmente buenas, a pesar de que variaron un poco la historia, esto tiene su lógica ya que el mismo autor fue el guionista de la película.

    Pero divago, la parte que voy a poner probablemente es un spoiler, aunque para estas fechas creo que todos ya la vieron, si no, tirense a un pozo:

    Don Corleone a los demas jefes de la familias, sobre su hijo.
    El padrino
    Mario Puzo


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  8. #8
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    enero-2007
    Vengo de
    del uterodromo
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    Predeterminado

    Capítulo 93 de Rayuela por Julio Cortázar.

    Pero el amor, esa palabra... Moralista Horacio, temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas, desconcertado y arisco en la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los pisos, de todas las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los olvidos o los recuerdos. Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación de] amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro, eso se cambia como los corpiños. Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme un poco en vos, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como una flor japonesa y poco a poco empezarían a brotar los pétalos coloreados, se hincharían las formas combadas, crecería la hermosura. Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdoname. Me estás alcanzando una manzana y yo he dejado los dientes en la mesa de luz. Stop, ya está bien así. También puedo ser grosero, fájate. Pero fijate bien, porque no es gratuito.

    ¿Por qué stop? Por miedo de empezar las fabricaciones, son tan fáciles. Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo. Así viven muchos amigos míos, sin hablar de un tío y dos primos, convencidos del amor-que-sienten-por-sus-esposas. De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al verse. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto. Pero estoy solo en mi pieza, caigo en artilugios de escriba, las perras negras se vengan cómo pueden, me mordisquean desde abajo de la mesa. ¿Se dice abajo o debajo? Lo mismo te muerden. ¿Por qué, por qué, pourquoi, why, warum, perchè este horror a las perras negras? Miralas ahí en ese poema de Nashe, convertidas en abejas. Y ahí, en dos versos de Octavio Paz, muslos del sol, recintos del verano. Pero un mismo cuerpo de mujer es María y la Brinvilliers, los ojos que se nublan mirando un bello ocaso son la misma óptica que se regala con los retorcimientos de un ahorcado. Tengo miedo de ese proxenetismo, de tinta y de voces, mar de lenguas lamiendo el culo del mundo. Miel y leche hay debajo de tu lengua... Sí, pero también está dicho que las moscas muertas hacen heder el perfume del perfumista. En guerra con la palabra, en guerra, todo lo que sea necesario aunque haya que renunciar a la inteligencia, quedarse en el mero pedido de papas fritas y los telegramas Reuter, en las cartas de mi noble hermano y los diálogos del cine. Curioso, muy curioso que Puttenham sintiera las palabras como si fueran objetos, y hasta criaturas con vida propia. También a mí, a veces, me parece estar engendrando ríos de hormigas feroces que se comerán el mundo. Ah, si en el silencio empollara el Roc... Logos, faute éclatante. Concebir una raza que se expresara por el dibujo, la danza, el macramé o una mímica abstracta. ¿Evitarían las connotaciones, raíz del engaño? Honneur des hommes, etc. Sí, pero un honor que se deshonra a cada frase, como un burdel de
    vírgenes si la cosa fuera posible.

  9. #9
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    marzo-2011
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    273


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    Predeterminado

    :. Paranoid Android nos quiso impresionar diciendo: Ver post

    No tomes nada, Marie.


    Hay una bonita palabra: nada. No pienses en nada. Ni en el canciller, ni en los católicos, piensa en el payaso que llora en la bañera, que derrama el café en sus zapatillas.
    librazo, ese capítulo es entrañable. Billar a las nueve y media también es muy bueno.
    ::::::::::::::::::::::::::::::::::::

    Sin embargo, con frecuencia acusaba Swann a aquellos celos de hacerle creer en traiciones imaginarias, pero entonces recordaba que había brindado a Odette el beneficio del mismo razonamiento y equivocadamente. Por eso, todo lo que la joven hacía en las horas en las que él no estaba con ella dejaba de parecerle inocente. Pero, si bien en otro tiempo había jurado que, si alguna vez dejaba de amar a quien un día sería -sin que él lo adivinara- su mujer, le manifestaría implacablemente su indiferencia, por fin sincera, para vengar su orgullo por tanto tiempo humillado, ya no le interesaban las represalias que ahora podía ejercer sin riesgo, pues, ¿qué podía importarle cumplir el juramento y verse privado de aquellas entrevistas con Odette que en otro tiempo le resultaban tan necesarias? Junto con el amor había desaparecido el deseo de mostrar que ya no había amor. Y él, que, cuando sufría por Odette, había deseado tanto hacerle ver un día que estaba prendado de otra, ahora que habría podido hacerlo tomaba mil precauciones para que su mujer no sospechara aquel nuevo amor.
    ::::::::
    Ahora bien, los recuerdos amorosos no son una excepción de las leyes generales de la memoria, regidas, a su vez, por las -más generales- de las costumbres. como ésta lo debilita todo, lo que mejor nos recuerda a una persona es precisamente lo que habíamos olvidado (porque era insignificante y lo habíamos conservado, así, con toda su fuerza). Por eso, la mejor parte de nuestra memoria está fuera de nosotros, en una ráfaga lluviosa, en el olor a cerrado de una habitación o en el de una primera llamarada, donde quiera que recuperemos de nosotros mismos lo que nuestra inteligencia -por resultarle inútil- había desdeñado, la última reserva del pasado, la mejor, la que, cuando todas nuestras lágrimas parecen agotadas, sabe aún hacernos llorar.

    À l'ombre des jeunes filles en fleurs

  10. #10
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    septiembre-2011
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    Podar árboles
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    61


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    Predeterminado

    Julio Cortazar / Rayuela,

    Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo... .. .

  11. #11
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    agosto-2006
    Vengo de
    ponerte cornamenta
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    3,943


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    Predeterminado Esta ya la había puesto en una versión previa del foro... pero sigue siendo de mis favoritas.

    Un gran predicador está enseñando en la plaza del mercado. Y resulta que un marido encuentra pruebas esa mañana del adulterio de su esposa, y la muchedumbre la lleva a la plaza para lapidaría hasta la muerte. (Hay una versión familiar de esta historia, pero un amigo mío, un Portavoz de los Muertos, me ha hablado de otros dos predicadores que se encontraron en la misma situación. De éstos es de quienes voy a hablaros).

    El predicador se adelanta y se coloca junto a la mujer. Por respeto a él la muchedumbre se detiene y espera con las piedras en la mano. «¿Hay alguien aquí que no haya deseado a la esposa de otro hombre, al marido de otra mujer?», les dice. Ellos murmuran y dicen: «Todos conocemos el deseo. Pero, Maestro, ninguno de nosotros ha cometido el acto.» El predicador dice: «Entonces arrodillaos y dad gracias a Dios porque os hizo fuertes.» Toma a la mujer de la mano y la saca del mercado, y justo antes de que ella se marche, le susurra: «Dile al señor magistrado quién fue el que salvó a su amante. Dile que soy su siervo leal.»

    Así que la mujer vive, porque la comunidad está demasiado corrupta para protegerse del desorden.

    Otro predicador, otra ciudad. Se acerca a la mujer y detiene a la multitud, como en la otra historia, y dice: «¿Quién de vosotros está libre de pecado? El que lo esté, que tire la primera piedra.» La gente se avergüenza y olvidan la unidad de su propósito al recordar sus pecados individuales. «Algún día - piensan -, puedo ser como esta mujer, y esperaré el perdón y otra oportunidad. Debo de tratarla como me gustaría que me tratasen.» Y cuando abren las manos y dejan que las piedras caigan al suelo, el predicador recoge una de ellas, la alza sobre la cabeza de la mujer y golpea con todas sus fuerzas. Aplasta su cráneo y esparce sus sesos por el suelo. - Yo tampoco estoy libre de pecado - le dice a la multitud -. Pero si dejamos que sólo la gente perfecta cumpla la ley, pronto la ley morirá, y nuestra ciudad con ella. Así que la mujer muere porque su comunidad era demasiado rígida para soportar su desviación.

    La versión más famosa de esa historia es notable porque es rara en nuestra experiencia. La mayoría de las comunidades se encuentran a caballo entre la podredumbre y el rigor mortis, y cuando se desvían demasiado, mueren. Sólo un predicador se atrevió a esperar de nosotros un equilibrio tan perfecto que pudiéramos cumplir la ley y perdonar la desviación. Por eso, naturalmente, le matamos.


    Orson Scott Card / La voz de los Muertos (segundo libro de la saga de Ender)

  12. #12
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    julio-2007
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    746


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    Predeterminado

    Se hubiese hecho crucificar por sus semejantes, y, sin embargo, no podía soportar a nadie a su lado más de veinticuatro horas.


    Los hermanos Karamazov, Dostoievski.

  13. #13
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    Ver a tu jefa
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    Predeterminado

    Este fragmento de "Los siete locos" de Roberto Arlt me causó una profunda impresión cuando lo leí la primera vez, estando sumergido en la depresión y el absurdo de la adolescencia.


    CAPAS DE OSCURIDAD
    Nunca tuvo conciencia de cómo se arrastró hasta su cama. El tiempo dejó de existir para Erdosain.
    Cerró los ojos obedeciendo a la necesidad de dormir que reclamaban sus entrañas doloridas. De tener fuerzas se hubiera arrojado a un pozo. Borbotones de desesperación se apelotonaban en su garganta asfixiándolo, y los ojos se le volvieron más sensibles
    para la oscuridad que una llaga a la sal. A instantes rechinaba los dientes para amortiguar el crujir de los
    nervios enrigecidos dentro de su carne que se abandonaba, con flojedad de esponja, a las olas de
    tinieblas que deyectaban su cerebro.
    Tenía la sensación de caer en un agujero sin fondo y apretaba los párpados cerrados. No
    terminaba de descender, ¡quién sabe cuántas leguas de longitud invisible tenía su cuerpo físico, que no
    acababa de detener el hundimiento de su conciencia amontonada ahora en un erizamiento de
    desesperación! De sus párpados caían sucesivas capas de oscuridad más densa.
    Su centro de dolor se debatía inútilmente. No encontraba en su alma una sola hendidura por
    donde escapar. Erdosain encerraba todo el sufrimiento del mundo, el dolor de la negación del mundo.
    ¿En qué parte de la tierra podía encontrarse un hombre que tuviera la piel erizada de más pliegues de
    amargura? Sentía que no era ya un hombre, sino una llaga cubierta de piel, que se pasmaba y gritaba a
    cada latido de sus venas. Y sin embargo, vivía. Vivía simultáneamente en el alejamiento y en la
    espantosa proximidad de su cuerpo. El ya no era ya un organismo envasando sufrimientos, sino algo
    más inhumano... quizá eso... un monstruo enroscado en sí mismo en el negro vientre de la pieza. Cada
    capa de oscuridad que descendía de sus párpados era un tejido placentario que lo aislaba más y más
    del universo de los hombres. Los muros crecían, se elevaban sus hiladas de ladrillos, y nuevas
    cataratas de tinieblas caían a ese cubo donde él yacía enroscado y palpitante como un caracol en una
    profundidad oceánica. No podía reconocerse... dudaba que él fuera Augusto Remo Erdosain. Se
    apretaba la frente entre la yema de los dedos, y la carne de su mano le parecía extraña y no reconocía
    la carne de su frente, como si estuviera fabricado su cuerpo de dos substancias distintas. ¿Quién sabe
    lo que ya había muerto en él? Sólo perduraba para su sensibilidad una conciencia forastera a lo que le
    había ocurrido, un alma que no tendría el largo de la hoja de una espada y que vibraba como una
    lamprea en el agua de su vida enturbiada. Hasta la conciencia de ser, en él no ocupaba más de un
    centímetro cuadrado de sensibilidad. Sí, todo su cuerpo sólo vivía, estaba en contacto con la tierra, por
    un centímetro cuadrado de sensibilidad. El resto se desvanecía en la oscuridad. Sí, él era un centímetro
    cuadrado de hombre, un centímetro cuadrado de existencia prolongando con su superficie sensible, la
    incoherente vida de un fantasma. Lo demás había muerto en él, se había confundido con la placenta de
    tinieblas que blindaba su realidad atroz.
    Cada vez más fuerte se hacía en él la revelación de que estaba en el fondo de un cubo de
    portland. ¡Sensación de otro mundo! Un sol invisible iluminaba para siempre los muros, de un
    anaranjado color de tempestad. El ala de un ave solitaria soslayaba lo celeste sobre el rectángulo de los
    muros, pero él estaría para siempre en el fondo de aquel cubo taciturno, iluminado por un anaranjado
    sol de tempestad.
    Luego, la capacidad de su vida quedó reducida a aquel centímetro cuadrado de sensibilidad.
    Hasta se le hacía «visible» el latido de su corazón, y era inútil querer rechazar la espantosa figura que lo
    lastraba en el fondo de aquel abismo, un momento negro y otros anaranjado. Con que aflojara un
    poquito tan sólo su voluntad, la realidad que contenía hubiera gritado en sus oídos. Erdosain no quería y
    quería mirar... pero era inútil... su esposa estaba allí, en el fondo de una habitación tapizada de azul. El
    capitán se movía en un rincón. El sabía, aunque nadie se lo había dicho, que era un dormitorio diminuto,
    de forma hexagonal y ocupado casi enteramente por una cama ancha y baja. No quería mirarla a Elsa...
    no... no... quería, pero si le hubieran amenazado de muerte no por eso hubiera dejado de estar con la
    mirada fija en el hombre que se desnudaba ante ella... ante su legítima esposa que ahora no estaba con
    él... sino con otro. Más fuerte que su miedo fue su necesidad de más terror, de más sufrimiento, y de
    pronto, ella, que se cubría los ojos con los dedos, corría hacia el hombre desnudo, de piernas tiesas, se
    apretaba contra él y ya no rehuía la cárdena virilidad erguida en el fondo azul.
    Erdosain se sintió aplanado en una perfección de espanto. Si lo hubieran pasado por entre los
    rodillos de un laminador, más plana no podría ser su vida. ¿No quedaban así los sapos que sobre la
    huella trincaba la rueda de la carreta, aplastados y ardientes? Pero no quería mirar, tan no quería que
    ahora veía con nitidez cómo Elsa se apoyaba sobre el cuadrado pecho velludo del hombre, mientras
    que las manos de él recogían las mandíbulas de la mujer para levantar el rostro hacia su boca.
    Y de pronto Elsa exclamaba: «Yo también, mi querido... yo también». Su semblante había
    enrojecido de desesperación, los vestidos se atorbellinaban en torno del triángulo de sus muslos
    blancos como la leche, y con los ojos extasiados en el rígido músculo del hombre que temblaba, ella
    descubrió la crin de su sexo, sus senos erguidos... ¡ah!... ¿por qué miraba?
    Inútilmente Elsa... sí, Elsa, su legítima esposa, trataba con la mano pequeña de abarcar toda la
    virilidad en una caricia. El hombre, bajo el aullido de su deseo, se apretaba las sienes, se cubría los ojos
    con el antebrazo; pero ella inclinada sobre él, le clavaba este hierro candente en los oídos: «¡Sos más
    lindo que mi esposo! ¡Qué lindo que sos, Dios mío!».
    Si lentamente le hubieran torcido la cabeza sobre el cuello para tornillar en su alma,
    profundamente, esa visión atroz, no podría sufrir más. Padecía tanto que de interrumpirse ese dolor, su
    espíritu estallaría como un shrapnell. ¿Cómo es que el alma puede soportar tanto dolor? Y sin embargo
    quería sufrir más. Que encima de un tajo le partieran el dorso con un hacha en varias partes... Y si en
    cuatro trozos lo hubieran arrojado a un cajón de basura hubiera continuado sufriendo. No había un
    centímetro cuadrado en su cuerpo que no soportara esa altísima presión de angustia.
    Todas las cuerdas se habían roto bajo la tensión del espantoso torno, y repentinamente una
    sensación de reposo equilibrio sus miembros.
    Ya no deseaba nada. Su vida corría silenciosamente cuesta abajo, como un lago después del
    quebrantamiento de su dique, y, sin dormir, pero con los párpados cerrados, el desvanecimiento lúcido
    era más anestésico para su dolor que un sueño de cloroformo.
    Notablemente latía su corazón. Con dificultad movió la cabeza para separar el cuero cabelludo de
    la almohada recalentada, y se dejó estar sin otra sensación de vivir que esa frescura en la nuca y el
    entreabrirse y cerrarse de su corazón, que, como un ojo enorme, abría el soñoliento párpado para
    reconocer las tinieblas, nada más. ¿Nada más que la tiniebla?
    Elsa estaba tan lejos de su memoria que en esa hipnosis transitoria le parecía mentira haberla
    conocido. Quién sabe si existía físicamente. Antes podía verla, ahora tenía que hacer un gran esfuerzo
    para reconocerla... y apenas la reconocía. La verdad es que ella no era ella ni él era él. Ahora su vida
    corría silenciosamente cuesta abajo, se sentía en un retroceso de años, el niño que miraba un árbol
    verde sombreando el desaparecer continuo de un río entre algunas piedras con manchas rojas. El
    mismo, era una cascada de carne en las oscuridades. ¡Vaya a saber cuándo terminaría de desangrarse!
    Y sólo era notable el cerrarse y entreabrirse de su corazón que como un ojo enorme abría su párpado
    soñoliento para reconocer la oscuridad. El foco eléctrico de la mitad de cuadra filtraba por una hendidura
    un ramalazo de plata que caía sobre el tul del mosquitero. Su sensibilidad se recobraba dolorosamente.
    El era Erdosain. Se reconocía ahora. Arqueaba con un gran esfuerzo la espalda. Por debajo de la
    puerta que cerraba la entrada al comedor se distinguía una franja amarilla. Se había olvidado de apagar
    la luz. El debía... ¡ah, no!, no, Elsa se ha ido... él debe seiscientos pesos con siete centavos a la Limited
    Azucarer Company... pero no, ya no los debe, si tiene un cheque...
    ¡ Ah, la realidad, la realidad!
    El oblicuo paralelogramo de luz que llegaba desde la calle a platear el tul del mosquitero, era la
    noción de que vivía como antes, como ayer, como hace diez años.
    No quería ver esa raya de luz, como cuando era pequeño, no quería «ver esa claridad que estaba
    allí, aunque sabía que no había fuerza humana que pudiera espantar esa claridad». Sí, semejante a
    cuando su padre le decía que al otro día le iba a pegar. No era lo mismo ahora. Aquella otra claridad era
    azulada, ésta de plata, mas tan estridente y anunciadora de lo verdadero como la luz antigua. El sudor
    le humedecía las sienes y el cerco de cabellos. Elsa se había ido y ¿no vendría más? ¿Qué diría
    Barsut?

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    Ico 2 Chido Sinuhe El Egipcio

    Lamentablemente hay libros que inician de manera floja, que no captan tu atención desde el principio, me pasó por ejemplo con El Psicoanalista de John Katzenbach; que no pude disfrutar hasta la mitad del libro, o el Vizconde De Bragelonne de Alejandro Dumas que sin embargo tiene uno de los finales mas emocionantes que haya leído. El fragmento que voy a poner hoy es el primer capítulo de un libro muy recomendable, y por supuesto tiene mucha fuerza este inicio.

    MIKA WALTARI
    SINUHE, EL EGIPCIO

    LIBRO PRIMERO
    LA CESTA DE CAÑAS
    1
    Yo, Sinuhé, hijo de Senmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro. No para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kemi, porque estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones, porque estoy cansado de sus actos. Escribo para mí solo. No para halagar a los dioses, no para halagar a los reyes, ni por miedo del porvenir ni por esperanza. Porque durante mi vida he sufrido tantas pruebas y pérdidas que el vano temor no puede atormentarme y cansado estoy de la esperanza en la inmortalidad como lo estoy de los dioses y de los reyes. Es, pues, para mí solo para quien escribo, y sobre este punto creo diferenciarme de todos los escritores pasados o futuros.

    Porque todo lo que se ha escrito hasta ahora lo fue para los dioses o para los hombres. Y sitúo entonces a los faraones también entre los hombres, porque son nuestros semejantes en el odio y en el temor, en la pasión y en las decepciones. No se distinguen en nada de nosotros, aun cuando se sitúen mil veces entre los dioses. Son hombres semejantes a los demás. Tienen el poder de satisfacer su odio y de escapar a su temor, pero este poder no les salva la pasión ni las decepciones, y cuanto ha sido escrito lo ha sido por orden de los reyes, para halagar a los dioses o para inducir fraudulentamente a los hombres a creer en lo que ha ocurrido. O bien para pensar que todo ha ocurrido de manera diferente de la verdad. En este sentido afirmo que desde el pasado más remoto hasta nuestros días todo lo que ha sido escrito se escribió para los dioses y para los hombres.

    Todo vuelve a empezar y nada hay nuevo bajo el sol; el hombre no cambia aun cuando cambien sus hábitos y las palabras de su lengua. Los hombres revolotean alrededor de la mentira como las moscas alrededor de un panal de miel, y las palabras del narrador embalsaman como el incienso, pese a que esté en cuclillas sobre el estiércol en la esquina de la calle; pero los hombres rehuyen la verdad.

    Yo, Sinuhé, hijo de Senmut, en mis días de vejez y de decepción estoy hastiado de la mentira. Por esto escribo para mí solo, lo que he visto con mis propios ojos o comprobado como verdad. En esto me diferencio de cuantos han vivido antes que yo o vivirán después de mí. Porque el hombre que escribe y, más aún, el que hace grabar su nombre y sus actos sobre la piedra, vive con la esperanza de que sus palabras serán leídas y que la posteridad glorificará sus actos y su cordura. Pero nada hay que elogiar en mis palabras; mis actos son indignos de elogio, mi ciencia es amarga para el corazón y no complace a nadie. Los niños no escribirán mis frases sobre la tablilla de arcilla para ejercitarse en la escritura. Los hombres no repetirán mis palabras para enriquecerse con mi saber. Porque he renunciado a toda esperanza de ser jamás leído o comprendido.

    En su maldad, el hombre es más cruel y más endurecido que el cocodrilo del río. Su corazón es más duro que la piedra. Su vanidad, más ligera que el polvo de los caminos. Sumérgelo en el río; una vez secas sus vestiduras será el mismo de antes. Sumérgelo en el dolor y la decepción; cuando salga será el mismo de antes. He visto muchos cataclismos en mi vida, pero todo está como antes y el hombre no ha cambiado. Hay también gentes que dicen que lo que ocurre nunca es semejante a lo que ocurrió; pero esto no son más que vanas palabras.
    Yo, Sinuhé, he visto a un hijo asesinar a su padre en la esquina de la calle. He visto a los pobres levantarse contra los ricos, los dioses contra los dioses. He visto a un hombre que había bebido vino en copas de oro inclinarse sobre el río para beber agua con la mano. Los que habían pesado el oro mendi gaban por las callejuelas, y sus mujeres, para procurar pan a sus hijos, se vendían por un brazalete de cobre a negros pintarrajeados.

    No ha ocurrido, pues, nada nuevo ante mis ojos, pero todo lo que ha sucedido acaecerá también en el porvenir. Lo mismo que el hombre no ha cambiado hasta ahora, tampoco cambiará en el porvenir. Los que me sigan serán semejantes a los que me han precedido. ¿Cómo podrían, pues, comprender mi ciencia? ¿Por qué desearía yo que leyesen mis palabras?
    Pero yo, Sinuhé, escribo para mí, porque el saber me roe el corazón como un ácido y he perdido todo el júbilo de vivir. Empiezo a escribir durante el tercer año de mi destierro en las playas de los mares orientales, donde los navíos se hacen a la mar hacia las tierras de Punt, cerca del desierto, cerca de las montañas donde antaño los reyes extraían la piedra para sus estatuas. Escribo porque el vino me es amargo al paladar. Escribo porque he perdido el deseo de divertirme con las mujeres, y ni el jardín ni el estanque de los peces causan regocijo a mis ojos. Durante las frías noches de invierno, una muchacha negra calienta mi lecho, pero no hallo con ella ningún placer. He echado a los cantores, y el ruido de los instrumentos de cuerda y de las flautas destroza mis oídos. Por esto escribo yo, Sinuhé, que no sé qué hacer de las riquezas ni de las copas de oro, de la mirra, del ébano y del marfil. Porque poseo todos estos bienes y de nada he sido despojado. Mis esclavos siguen temiendo mi bastón, y los guardianes bajan la cabeza y ponen sus manos sobre las rodillas cuando yo paso. Pero mis pasos han sido limitados y jamás un navío abordará en la resaca. Por esto yo, Sinuhé, no volveré a respirar jamás el perfume de la tierra negra durante las noches de primavera, y por esto escribo.

    Y, sin embargo, mi nombre estuvo un día escrito en el libro de oro del faraón, y habitaba el palacio dorado a la derecha del rey. Mi palabra tenía más peso que la de los poderosos del país de Kemi; los nobles me enviaban regalos, y collares de oro adornaban mi cuello. Tenía cuanto un hombre puede desear, pero yo deseaba más de lo que un hombre puede obtener. He aquí por qué estoy en este lugar. Fui desterrado de Tebas en el sexto año del reinado de Horemheb, con la amenaza de ser matado como un perro si osaba volver, ser aplastado como una rana entre dos piedras si jamás ponía el pie fuera de la tierra que me ha sido fijada como residencia. Tal es la orden del rey, del faraón que fue un día mi amigo.

    Pero, ¿puede acaso esperarse otra cosa de un hombre de baja extracción que ha hecho borrar los nombres de los reyes en la lista de sus antecesores para sustituirlos por los de sus parientes? He visto su coronación. He visto colocar sobre su cabeza la tiara roja y la tiara blanca. Y seis años después me desterró. Pero, según el cálculo de los escribas, era el trigésimo segundo año de su reinado. Cuanto se escribió entonces y ahora, ¿no es acaso ajeno a la verdad?

    A aquel que vivía de la verdad lo he despreciado durante su vida a causa de su debilidad, y he vuelto a encontrar el terror que sembraba en el país de Kemi a causa de su verdad. Ahora su venganza pesa sobre mí, porque yo también quiero vivir en la verdad, no por su dios, sino por mí mismo. La verdad es un cuchillo afilado, la verdad es una llaga incurable, la verdad es un ácido corrosivo. Por esto, durante los días de su juventud y de su fuerza, el hombre huye de la verdad hacia las casas de placer y se ciega con el trabajo y con una actividad febril, con viajes y diversiones, con el poder y las construcciones. Pero viene un día en que la verdad lo atraviesa como un venablo y ya no siente más el júbilo de pensar o trabajar con sus manos, sino que se encuentra solo, en medio de sus semejantes, y los dioses no aportan ningún alivio a su soledad. Yo, Sinuhé, escribo esto con plena conciencia de que mis actos han sido malos y mis caminos injustos, pero también con la certidumbre de que alguien obtendría de ello una lección para sí si por casualidad me leyere. Por esto escribo para mí mismo. ¡Que otros borren sus pecados en el agua sagrada de Amón! Yo, Sinuhé, me purifico escribiendo mis actos. ¡Que otros hagan pesar las mentiras de su corazón en las balanzas de Osiris! Yo, Sinuhé, peso mi corazón con una brizna de junco.

    Pero antes de comenzar mi libro dejaré que mi corazón exhale su llanto. He aquí cómo mi corazón de desterrado lamenta su dolor:
    Que el que ha bebido una vez agua del Nilo aspire a volver a ver el Nilo, porque ninguna otra agua apagará su sed.
    Que el que ha nacido en Tebas aspire a volver a Tebas, porque en el mundo no existe ninguna otra villa parecida a ésta. Que el que ha nacido en una callejuela tebaida aspire a volver a ver esta callejuela; en un palacio de cedro echará de menos su cabaña de arcilla; en el perfume de la mirra y de los buenos ungüentos aspira el olor del fuego de boñiga seca y del pescado frito.
    Cambiaría mi copa de oro por el tarro de arcilla del pobre si tan sólo pudiese hollar de nuevo el suave terruño del país de Kemi. Cambiaría mis vestiduras de lino por la piel endurecida del esclavo si tan sólo pudiese oír aún el murmullo de los cañaverales del río bajo la brisa de la primavera.

    El Nilo se desborda, como joyas las villas emergen de su agua verde, las golondrinas vuelven, las grullas caminan por el fango, pero yo estoy ausente. ¿Por qué no seré una golondrina, porqué no seré una grulla de alas vigorosas para poder volar ante mis guardianes hacia el país de Kemi?

    Construiría mi nido sobre las columnas policromadas del templo de Amón, en el resplandor fulgurante y dorado de los obeliscos, en el perfume del incienso y de las víctimas de los sacrificios. Construiría mi nido sobre el techo de una pobre cabaña de barro. Los bueyes tiran de las carretas, los artesanos pegan el papel de caña, los mercaderes vocean sus mercancías, el escarabajo va empujando su bola de estiércol sobre el camino empedrado.

    Clara era el agua de mi juventud, dulce era mi locura. Amargo y ácido es el vino de mi vejez, y el pan de miel más exquisito no vale el duro mendrugo de mi pobreza. ¡Años, dad la vuelta y volved! ¡Amón, recorre el cielo de Poniente a Levante a fin de que vuelva a encontrar mi juventud! No puedo cambiar una sola palabra, no puedo modificar ningún acto. ¡Oh, esbelta pluma de caña, oh, suave papel de caña, devolvedme mis vanas acciones, mi juventud y mi locura!

    He aquí lo que ha escrito Sinuhé, desterrado, más pobre que todos los pobres del país de Kemi.

  15. #15
    Avatar de Heck
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    Copypasteado de mi diario

    El gato negro, Edgar Allan Poe

    "Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre."

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