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  1. #16
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    dudar de mí.
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    Predeterminado

    Este es de un amigo de internet, que vivía en Alemania. ¿No eres tú, viejo... o Nash?

    Los olores de la rosa.

    Lo que me gustó de Rosa fue su sonrisa. No era bella, pero esa sonrisa dejaba adivinar diversiones pecaminosas nunca antes experimentadas. El primer beso me dejó fascinado. El olor de sus labios era suave, exquisito…

    -No quiero besos -dijo mientras me agarraba el miembro- quiero que me la metas toda.

    Rosa no se andaba con juegos ni palabras suaves, así que, para no quedar mal, se la metí con golpes de Pelvis, feroces.

    Después de varios encuentros calientes y promesas incumplidas decidimos vivir juntos. Ella era lo mejor que me había pasado en la vida hasta ese momento. Todos los días valía la pena vivirlos a lado de Rosa. Su olor me fascinaba.

    Sin embargo, poco a poco, la rutina aniquiló el gusto. Lo que al principio nos daba vergüenza hacer delante del otro, como echarse un pedo o dejar la ropa interior sucia a la vista, se volvió normal. No tuve ningún problema en aceptar esa realidad; lo que no podía soportar de esa mujer eran sus nuevos olores.

    En las mañanas Rosa olía a gato callejero mojado. Cuando descubrí que eso era normal para ella me incomodó. Los domingos no se bañaba, así que el olor a sudor corrosivo, patas y partes íntimas se atenuaba con el paso del día. Algunas noches, con cualquier pretexto, dormí en la sala.

    Rosa parecía no darse cuenta de mis sufrimientos. Normalmente hacía una excepción de sus malas costumbres en el sexo. Ella siempre se lavaba bien antes de fornicar conmigo. Conocía mis gustos y costumbres: el máximo placer lo alcanzo cuando la volteo para ponerla como un chivito; luego le abro con ambas manos la rayita del culo y le meto la nariz en el ano. El olor a carne recién lavada con Palmolive, combinado con los vapores de su sexo, me ponen los ojos en blanco.

    Los olores de la Rosa.

    Un triste día sospeché lo peor: Rosa había conocido a otro hombre. Mierda. No me atreví a preguntarle para no quedar como un estúpido pero la sospecha me mataba. Su mirada de desprecio cuando decía mi nombre, el mal humor, las largas ausencias. Esperé el momento adecuado para hacerle la pregunta decisiva.

    Una noche le dije que la quería fornicar. Accedió como un robot que cumple órdenes. La coloqué como chivito, le abrí la rayita del culo, y metí la nariz… ¡Dios mío!

    ¡Olía a mierda! ¡No se había lavado!

    Los olores de la Rosa…

    Allí fue donde decidí preguntarle por el otro y ella, tranquilamente, me dijo que si. Esa noche se fue de mi lado y yo me quedé solo, llorando.

    Ahora estoy aquí, escondido en la oscuridad de este bar. Los dos toman algo en la barra. Tengo una pistola para matarlos, sin embargo, no creo que lo pueda hacer.

    Extraño los olores de la Rosa… y una rosa muerta, se marchita.

    ****

    jovauri

  2. #17
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    Y cuando desperté, el dinosaurio seguía ahí.

  3. #18
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    Mexihell
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    "... y el cuervo dijo >>Núnca mas<<"

  4. #19
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    negro
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    "... y tu jefa dijo >>Dame mas<<"

  5. #20
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    dudar de mí.
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    Ese Enrique Anderson era la neta. +

    Este tiene especial dedicatoria a mi buen Bastardo. Regresa del oxxo yo, y traite unas palomitas.


    El prisionero de sí mismo.
    Giovanni Papini

    I

    El castigo no me parecería completo si no contase a los demás, antes de morir, una parte de mi vida. Por inverosímil que pueda parecer a los hombres sanos, creo que será leída con provecho por aquellos que no sientan repugnancia a estudiar el alma humana.

    Cuando cometí el primer delito tenía poco menos de veinticuatro años; sin embargo, mi habilidad para ocultar actos y sentimientos me sorprendía a mí mismo. Mi mayor placer, incluso de niño, era el hacer algo sin que los demás se diesen cuenta. Se trataba, al principio, de cosas inocentes que hubiera podido hacer muy bien delante de todos sin miedo a recriminaciones, pero mi alegría no consistía en realizar aquellas acciones, sino en conseguir esconder lo que había hecho. Al correr de los años, creciendo la fuerza y el ingenio, las pequeñas cosas ya no me fueron suficientes. El riesgo era demasiado inocente para excitar mi imaginación, y me veía obligado siempre a usar expedientes que me parecían, a fuerza de costumbre, demasiado sencillos.

    Me decidí entonces a cometer un delito de tal manera que el asesino quedase para siempre desconocido. Rico y poco ambicioso, no tenía ningún motivo particular para robar o matar y me vi obligado a elegir, como primera víctima, a un buen hombre que apenas conocía y que habitaba a pocos pasos de mi casa. Durante muchos días estudié el mejor modo de realizar sin peligro la repugnante obra. Preví todos los casos, todos los contratiempos, todos los incidentes; preparé, con exacto cuidado, mi coartada y los instrumentos de la ejecución. El día fijado por mí, el hombre fue encontrado muerto en su habitación.

    El delito conmovió a toda la ciudad, porque nadie comprendía el motivo del homicidio ni el método usado por el asesino para no ser descubierto. Nada había sido tocado en la casa del asesinado y no había indicio alguno para seguir la pista del culpable.

    Animado por este feliz éxito, continué del mismo modo -no más de cuatro o cinco veces al año- realizando similares y bien calculadas supresiones. En poco más de dos años murieron misteriosamente a mis manos: dos muchachas, un cura, un mozo de cuerda borracho; tres jóvenes bien vestidos, de los cuales no supe nunca el nombre ni la condición; una patrona de casa de huéspedes, un antiguo profesor mío y un emigrante alemán. Para no levantar sospechas, fingía ocuparme en historia del arte y realizaba con este motivo largos viajes por Italia y el extranjero. A mi casa, donde había reunido cuadros, estampas, mármoles y cerámica en gran cantidad, venían con frecuencia unos cuantos aficionados maniáticos y dos o tres jóvenes estudiosos. Operaba, naturalmente, en diversas ciudades y con medios diferentes. Rechazaba los instrumentos vulgares, como el cuchillo y el revólver, y prefería procedimientos más refinados e indirectos para procurar la muerte: ahogar en el agua, envenenamiento a pequeñas dosis, inoculación de enfermedades incurables o fulminantes, incendios, caídas en apariencia casuales, escapes de gas y otros semejantes. Había adquirido, en el manejo de estos medios, una seguridad que muchos asesinos profesionales me habrían envidiado. Prescindiendo siempre de cómplices y guardándome mucho de coger nada que perteneciese a las víctimas, aunque se tratase de ricos, no corrí jamás peligro de ser descubierto. No teniendo rencores, ni pasiones que desfogar, ni hambre de dinero, podía acometer con frialdad las empresas más complicadas, y no me dejé llevar nunca de la tentación de obrar improvisadamente, aunque la ocasión pareciese favorable. Por grande que fuese el terror de mis conciudadanos y la obstinación de la Policía, no me ocurrió nunca que se sospechase de mí, ni que fuese interrogado. Mi vida, un poco extraña, de aficionado rico y vagabundo, me ocultaba enteramente. Había llegado a ser infalible en el arte del disimulo. Para no mostrar, ni aun lejanamente, una señal de mi actividad delictiva, no quise leer nunca ni las memorias de Canler ni de otros célebres polizontes, ni las alabadas aventuras de Sherlock Holmes y de sus imitadores, ni tampoco el famoso libro de De Quincey cuyo título, El asesinato considerado como una de las bellas artes, me atraía mucho.


    II

    Esta vida duró casi tres años y estaba a punto de cumplir los veintisiete cuando cambió de repente mi doble existencia.

    Un día me di cuenta de que no conseguía ver de los hombres más que los ojos. En las casas, en los cafés, por la calle, en todas partes me sentía forzado a mirar fijamente los ojos de aquellos que estaban o pasaban cerca de mí. Todos los seres humanos se convirtieron para mí en una multitud de órbitas blancas y pupilas curiosas. Ojos abiertos y redondos de buenas y sencillas gentes; ojos claros y serenos de jovencitas no enamoradas todavía; ojos negros, profundos y viciosos, que parecían esperar la noche; ojos celestes y velados de niños; ojos pardos, pero apasionados, de hombres que ya no eran jóvenes; ojos mortecinos e hinchados de noctámbulos; ojos falsos y ojerosos de mujeres; ojos entornados, casi expirantes, entre los párpados enrojecidos por el llanto, o legañosos por la enfermedad; todos los ojos del mundo vi en torno mío, fijos en mí, en esos días. Me parecía que los cuerpos habían desaparecido, y que en el mundo existían únicamente ojos, ojos separados de todo, que se movían aquí y allá para mirarme. Tenía la impresión de que todos aquellos ojos me espiaban para descubrir lo que hacía.

    Compliqué el misterio y redoblé las precauciones, pero apenas me hallaba fuera de casa, sentía sobre mí las miradas de amenaza o de burla, como si todos hubiesen "visto" mi vida secreta, y me parecía que me hallaba todavía libre únicamente para que todas aquellas infinitas pupilas pudiesen disfrutar de mi terror. Esta sensación, como pude persuadirme más tarde, no tenía una fundada realidad, porque ninguno de ellos dio muestras de haber descubierto lo que había hecho, y a nadie se le ocurrió vigilarme o acusarme.

    Pero, desde aquel momento, martirizado por aquel íncubo, experimenté una gran irritación contra mí mismo. Hasta entonces había cometido mis homicidios con fría calma y sin sombra de remordimiento, y únicamente cuando el mundo estuvo poblado para mí tan sólo de ojos, comprendí claramente que era un monstruo peligroso que merecía el castigo. Además, después de los primeros delitos tan bien tramados, el placer de ocultarlos se había amortiguado mucho. Preparar un homicidio impunible era para mí una cosa tan fácil que todo riesgo había ya desaparecido, y experimentaba entonces muy poco gusto leyendo en los periódicos las investigaciones inútiles de la justicia. El delito ya no me divertía. ¿Qué otra cosa podía hacer? Todo lo demás no vale la pena de que sea ocultado.

    Una sola cosa "nueva" podía hacer: castigarme. Pero ¿cómo? No tuve ni un solo momento la intención de denunciarme. Mis coartadas eran tan ingeniosas, todos los instrumentos y documentos habían sido tan cuidadosamente destruidos, que no podía esperar que consiguiese persuadir a la Policía ni a los jueces. Me hubieran creído loco y me habrían encerrado en un manicomio, donde no hubiera tenido la suficiente tranquilidad para una verdadera expiación.

    Pensé que la pena debía ser oculta como la culpa y que debía esconder la prisión como había escondido los delitos. Yo mismo fui mi acusador, mi juez, mi defensor. Revisé uno a uno mis asesinatos, todas las circunstancias en que los había cometido; los cálculos, las premeditaciones y las circunstancias agravantes; mi dura crueldad, mi hipocresía monstruosa. Consideré los sufrimientos de las víctimas, las lágrimas y los daños de los que habían quedado, la piedad y el pavor de los ciudadanos, las inútiles fatigas de la Policía, los gastos del Estado, y todo lo demás que había arrostrado sin temblar. Me defendí cuanto pude con todos los sofismas aprendidos en Stendhal, en Stirner, en Nietzsche, en Oscar Wilde y en otros inmoralistas más oscuros; pero de nada valieron los subterfugios de mi inteligencia contra la convicción de mi alma. Los ojos de los hombres habían despertado mi conciencia: había destruido muchas vidas humanas y debía ser castigado sin piedad.

    Cuando habló en mí el juez, reconocí inmediatamente que la muerte no era una pena suficiente. El suicidio es un castigo demasiado rápido y por eso poco doloroso. Es más bien la liberación que el castigo. No quedaba más que la completa separación de los hombres, para siempre o por largo tiempo.

    Confieso que no tuve el valor de condenarme a cárcel perpetua. Después de algunas dudas me condené a treinta años de completa separación. Tenía entonces veintisiete años: habría podido volver al mundo, si la vida me hubiese durado, a los cincuenta y siete años, cercano ya a la muerte.

    Apenas dictada la sentencia, pensé cumplirla inmediatamente. Vendí lo que poseía en la ciudad y busqué en el campo una casa que se prestase para mi propósito. Después de semanas de investigaciones, tuve la suerte de poder comprar un caserón de feo aspecto, en el fondo de un valle solitario, que había sido antiguamente un castillo lindero. Lo único sólido que había quedado era una tosca torre de piedra que servía de granero y, en lo alto, de palomar. Habilité lo mejor que pude la estancia más alta de la torre, hice construir una puerta maciza con cerraduras perfeccionadas, cerré la única ventana con gruesos barrotes de hierro, hice llevar una camita de hierro, un taburete, una mesa, una jarra, una palangana, un espejo y cuatro libros. Cuando todo estuvo dispuesto, busqué carcelero. Encontré un joven campesino huérfano, no muy inteligente, pero de confianza, al que asigné un salario que podía cobrar solamente con mi firma, a condición de que viniese todos los días a la torre para traerme agua y comida, y mantuviese oculta a todos mi existencia. Por lo demás, la casa se hallaba muy alejada de las carreteras y de los pueblos, y mi carcelero fingió haberla alquilado para guardar el heno y la cebada.

    En la tarde de un límpido día de abril, después de haber paseado por el campo respirando el aire puro y el perfume de las flores, me encerré en la cárcel voluntaria y entregué las llaves al campesino.


    III

    Desde el primer día comprendí que había conseguido lo que mi alma buscaba desde su nacimiento. Mi voluntad más constante había sido la de esconder mi vida, pero hasta entonces no había conseguido esconder más que "algunas" de sus partes -las más odiosas ciertamente-, pero pocas. Mucha parte de mi vida, aquella práctica, externa, animal, social, se había desenvuelto ante los ojos de los otros, y la mayor parte de mis actos habían sido un espectáculo diario para los extraños. Cada uno de nosotros vive y "es mirado" por alguien, y casi en todos los momentos es "actor" para alguien: es entrevisto, visto, observado, espiado. Ahora, en cambio -¡finalmente!-, mi vida entera quedaba escondida y secreta. Para todos los hombres, a excepción de uno, estaba ausente, desaparecido, desconocido, como muerto. Seguía viviendo, pero como encerrado en un ataúd, en un sepulcro, bajo la tierra, fuera de la tierra. Podía pensar, pero nadie sabía nada de mis pensamientos; podía hablar, pero nadie escuchaba mis palabras; podía obrar, pero a nadie ver y contar acciones. Desde aquel día, por treinta años, por trescientos sesenta meses, por casi once mil días, estaría separado de los hombres; sin ver una cara nueva, sin oír una voz conocida, sin recibir un saludo lejano, sin ocuparme en un asunto, sin saber lo que ocurre en el mundo. Cuando reapareciese entre los hombres, ninguno me reconocería; todos los que conocí estarían dispersos, desaparecidos, sepultados, y yo ya no comprendería las palabras de los nuevos hombres, después de tantos años de alejamiento y de mudanzas.

    Para el presente y el futuro mi vida quedaría absolutamente ignorada para los hombres. Tenía pocos parientes y aun estos lejanos; ninguno se daría cuenta de mi desaparición. No tendría luz, no cantaría, no podría asomarme a la ventana; nadie descubriría mi cárcel solitaria. Confortado con estos pensamientos, pensé sin espanto en los largos años que debería pasar encerrado para obedecerme a mí mismo.

    Los primeros días pasaron rápidamente. En torno de mi casa había campos pedregosos y poco reputados y, más lejos, los espesos zarzales de los cerros y de las hayas. Los únicos rumores eran -pero raras veces- las esquilas de las ovejas y de las cabras, las canciones melancólicas del pastor y el suspirar del viento entre los árboles. Únicamente cuando soplaba la tramontana oía, por la mañana y por la tarde, los tañidos desvanecidos de una campana.

    En los primeros tiempos estuve ocupado en el estudio de esos rumores. Conseguí pronto distinguir los sonidos de las esquilas de los diferentes rebaños que pastaban en las cercanías, las voces de las pastoras, la dirección y la fuerza del viento según el rumor de las hojas.

    Por la ventana no veía más que el cielo, el sol, las nubes y alguna vez la luna y, apoyando el rostro contra la reja, podía columbrar, muy a lo lejos, un breve horizonte de campos solitarios.

    Durante muchos meses seguí confusamente con la mirada los momentos de la vida agreste, vi el verde tierno cambiarse en verde oscuro, luego palidecer y aparecer el amarillo, luego reaparecer y aparecer el rastrojo quemado, ennegrecerse las vides; rojas las hojas, morenos los surcos; despojarse toda la campiña, cubrirse de nieve y reaparecer, al fin, el verde tierno de la primavera. Pero el estudio más dulce era seguir las mutaciones y los viajes de las nubes, seguir el ritmo del viento entre las ramas y el de la lluvia en el techo. Conocí todas las fases y los colores de la luna: observé todas las gradaciones de la luz solar; descubrí nuevos reflejos de auroras y nuevos desvanecimientos de crepúsculos. El trocito de cielo y de tierra que podía contemplar era un mundo que comenzaba a conocer en cada uno de sus átomos e instantes, como Dios. Los seres vivientes me parecían desaparecidos del mundo; algún pájaro que atravesaba "mi" cielo, una oveja lejana, las manchas blancas de los bueyes, la cara apática de mi campesino, eran las únicas cosas animadas que veía.

    En verano mi cárcel era menos solitaria. Las moscas, los mosquitos y las abejas llegaban hasta mi torre y me dieron ocasión para largas y aventureras cacerías; las pulgas invadieron mi lecho, y su destrucción me ocupó durante muchas horas; un día una luciérnaga parda llegó hasta mi ventana, y conseguí hacerla prisionera y tenerla conmigo durante casi dos meses. Dos arañas habían tejido sus telas entre las vigas del techo y me divertía observando sus asechanzas y sus pacientes viajes de tejedoras. Tuve también la bulliciosa visita de los vencejos, pero ninguno hizo nido cerca de mí.

    En invierno la soledad fue absoluta. En la estancia -sin calefacción, y que yo no quería calentar- hacia frío y me veía obligado a permanecer en la cama incluso durante el día. La mayor parte del tiempo estaba adormecido, pero en las horas de vigilia -¡pocas, pero qué largas!- no podía hacer más que estudiar minuciosamente mi prisión. Cuando la primavera llegó, conocía palmo a palmo las seis superficies que me encerraban. Cada vena de las vigas, cada grieta de los montantes, cada desconchadura de la pared, cada agujero de los ladrillos me eran tan perfectamente conocidos que los hubiera podido encontrar en la oscuridad. Conté los ladrillos del suelo, los agujeros de las paredes, las desconchaduras del techo, las manchas de orín de los hierros; seguí, día por día, los síntomas de envejecimiento de lo que me rodeaba.

    La tosquedad de los hierros, las huellas de la humedad en las paredes, los arañazos de la puerta, las grietas de la cal, el empañado del espejo me absorbían días enteros.

    Muchas veces soñaba con los ojos abiertos; volvía a ver los momentos, los espectáculos de mis años de libertad; todos los rostros que había visto o entrevisto se me aparecían en la memoria, uno a uno, todos con una leve sonrisa bonachona; me parecía volver a oír voces de mucho tiempo olvidadas; recordaba, de pronto, un chiste insulso oído en el teatro o una frase oscura cogida al vuelo por la calle.

    Durante muchos años no me ocurrió casi nunca que me acordase de mis delitos, y si me venían a la memoria conseguía rechazar el recuerdo sin mucho trabajo. Mi sueño estaba vacío: no soñaba, o no me acordaba de mis sueños. Pasaba largas horas contemplándome en el espejo. Algunas veces, a fuerza de contemplar mi imagen, me parecía que ya no era yo: me olvidaba de quién era y de dónde estaba. Entonces comenzaba a gritar, a llamarme y, finalmente, me reconocía. Con el espejo pude seguir, mes por mes, año por año, mi rápida decadencia. Todos los días hacía un atento examen de mi color, de mi delgadez, de las manchitas de mi piel, del color de mis cabellos, y podía asistir, grado a grado, a la disolución de mi cuerpo.

    Así pasaron muchos años sin que yo sintiese, ni por un solo momento, el deseo de la libertad. El verdadero aburrimiento de la separación comenzó únicamente después de trece años. Todo aquello que podía observar y estudiar en torno mío ya me era conocido, familiar hasta la náusea. Había leído y releído numerosas veces los cuatro libros que había llevado conmigo -Las mil y una noches, el Gil Blas, un tratado de química y la Historia de Port-Royal, de Sainte-Beuve- hasta el punto de que me los había aprendido de memoria, desde la primera hasta la última palabra, y habría podido recitarlos comenzando por cualquier página. Había explicado y comentado, para mí, dentro de mí, cada narración, cada frase, cada fórmula. Había reescrito más de una vez, en mi cabeza, las mismas aventuras y las mismas teorías; había imaginado continuaciones, ideado modificaciones, reunido posibles glosas e hipotéticos comentarios.

    Mi alimentación -por voluntad mía- era sencilla: pan y fruta. No haciendo trabajo alguno y ningún esfuerzo muscular, no tenía necesidad de comer mucho, pero la extremada sobriedad me hacía caer, más a menudo de lo que yo deseaba, en una especie de éxtasis, de cansancio, en el que mi cerebro, sin freno, perdía la exacta intuición del mundo y me conducía lejos, a esferas de existencia nuevas para mí.

    En uno de esos sopores comencé a sentir que no me hallaba solo. No oía voces ni se me aparecían fantasmas; pero estaba seguro de que alguien se hallaba cerca de mi cama y se divertía contemplándome vivir. No se trataba de alucinaciones exteriores. En todo esto no había nada concreto, material, "verdadero". Estaba seguro de que alguien se hallaba junto a mí y pensaba cerca de mi pensamiento. No oía, sin embargo, suspiro alguno ni columbraba ninguna sombra; pero escuchaba los pensamientos de mis compañeros y, alguna vez, mi alma contestaba, vacilante, a las almas desconocidas.

    En los primeros tiempos, estas apariencias invisibles me ocurrieron tan sólo cuando me hallaba sumido en el sopor del cansancio; pero, al cabo de dos años, llegaron a ser constantes; y tuve siempre, en todo momento, algún compañero en mi habitación. Los que venían con más frecuencia eran mis víctimas. Una tras otra sentía cómo se acercaban a mí para mirarme sin odio. Alguna de ellas me contó, sin hablar, su historia, me describió su vida, especialmente las sensaciones que precedieron a la muerte. Me confesaron que al quitarles la vida no les había hecho aquel daño que creían los que habían quedado.

    Algunos de los asesinados se hallaban ya aburridos y desesperados en el momento en que los había asesinado; los demás reconocieron que el resto de su vida -"ahora que sabían"- hubiese sido más triste que la tranquila del cementerio.

    Esos coloquios me hacían bien; comenzaba a recordar mi existencia pasada sin remordimiento. Durante un año intenté reconstruir las teorías sobre la infelicidad de la vida, y conseguí llegar a creerme un generoso filántropo que había arriesgado su libertad para salvar algunas almas del sufrimiento y se había castigado injustamente cediendo a un estúpido remordimiento. Pero la duda me asaltaba sin descanso. La teoría sobre el dolor de la vida y el mal del mundo tenía necesidad, para aparecer del todo cierta, de estar apoyada en un sistema que abarcase toda la realidad. Pasé un año en reflexiones metafísicas de toda especie, intentando reconstituir con el pensamiento aquello que ya conocía e inventar cosas nuevas. Pero este estéril ejercicio me agotó la mente por mucho tiempo.

    Comencé a sufrir angustias, espasmos, desmayos; mi cerebro permaneció oscurecido días enteros. Durante meses viví como un loco gritando día y noche palabras sin sentido, arañándome el rostro, retorciéndome las manos.

    De pronto me despertaba lleno de melancolía, con las uñas ensangrentadas, los miembros doloridos, y en mi cerebro comenzaban a girar de nuevo las fantasías más absurdas.

    En aquellos momentos experimentaba un deseo inquieto de huir; me debatía entre las cuatro paredes como una bestia furiosa; aullaba en la ventana, con objeto de que alguien viniese a liberarme; mordía los barrotes de hierro y, cuando venía el campesino a traerme el pan, caía de rodillas llorando y le rogaba que me llevase con él. Pero no se conmovió nunca; antes de encerrarme le había expuesto claramente las condiciones y sabía que, si me hubiese liberado, habría perdido el salario y tal vez la vida.


    IV

    Así transcurrieron más de veinte años en mí prisión lejana y solitaria, sin que ningún acontecimiento viniese a cambiar mi vida. Una vez o dos, el campesino permaneció dos días seguidos sin venir porque se hallaba enfermo -las voces de las pastoras cambiaron cada tres o cuatro años-; una vez oí voces de hombres bajo mi torre; una noche mi habitación se vio alumbrada por el fuego que se había declarado en un bosque vecino; éstos, para mí, fueron los hechos importantes de todo aquel tiempo.

    Había llegado casi a los cincuenta años y ya no sabía cómo llenar mi vida. Conocía, átomo por átomo, todo lo que me rodeaba; había pensado, imaginado, soñado y llorado durante años enteros. Me hallaba aburrido de los compañeros invisibles que, con demasiada frecuencia, me tomaban como un juguete y me trataban como a un muchacho.

    Los tres años que siguieron a los primeros veinte fueron los más singulares de mi vida. Pasaba casi todo el tiempo tendido en la cama, sumido en un sopor perpetuo que no era ni vigilia, ni sueño, ni ensueño. Durante el día no discernía nada; me parecía únicamente que una luz intensa, blanca, cegadora cubría como una niebla luminosa todo lo que existía. Cuando llegaba el campesino, tenía que coger a tientas el pan que me ofrecía y, apenas había comido, apoyaba la pesada cabeza sobre la almohada, y mi boca estaba amarga y seca como al día siguiente de una sucia borrachera.

    Por la noche desaparecía la luz, pero era peor; experimentaba la sensación de hallarme absolutamente solo, no solamente solo en mi habitación, sino solo en el Universo, en medio de la nada. Me parecía que las paredes, los campos, las ciudades habían desaparecido para siempre; que toda la tierra se disolvía, que el Sol y las estrellas se apagaban, que callaba todo rumor, y que yo únicamente, tranquilo y eterno, permanecía solo, literalmente único en medio del vacío infinito. Luego, poco a poco, el mundo se iba rehaciendo, reconstituyendo, en torno mío -primero la habitación, luego el campo; luego el Sol, luego la tierra-; pero apenas despuntaba el día me sentía de nuevo sumido en una luz ardiente, más allá de la cual imaginaba el mundo atroz, duro, peligroso.

    Esta terrible existencia cesó, no por mi culpa, al comienzo del vigésimo cuarto año de mi prisión. El campesino no compareció durante dos días seguidos; pero, como no era la primera vez, no hice caso. Tenía siempre, por lo demás, fruta en conserva suficiente para no morirme de hambre. Por la mañana del tercer día, oí abrir la puerta del exterior y subir la escalera, pero me di inmediatamente cuenta de que no era el paso acostumbrado. Cuando la puerta de mi habitación se abrió, después de muchas tentativas, me vi ante una pobre mujer de unos cuarenta años que me miraba con espanto y no sabía qué decirme. ¡Era el segundo rostro humano que veía después de veintitrés años! La enorme novedad del acontecimiento me devolvió un poco de lucidez y pregunté a la mujer quién era y qué quería. Después de grandes esfuerzos conseguí comprender que era la mujer del campesino carcelero, y que éste se había vuelto loco casi repentinamente, y que había recomendado repetidas veces, antes de ser recluido, que fueran a liberarme, porque él era la causa de todo y había un hombre que sufría por su culpa. Había dado minuciosas noticias sobre el lugar donde me hallaba y sobre mi extraña vida, pero nadie quiso creerle. Finalmente, la mujer, un poco por curiosidad y un poco por descargar su conciencia, había ido a ver y me había encontrado.

    La libertad se ofrecía a mí, después de tantos años, sin que yo la hubiese buscado. Por otra parte, ¿qué hacer? Ahora el secreto ya estaba descubierto y no me hubiesen dejado tranquilo. Tal vez la justicia hubiese querido ocuparse de mí, y era preferible huir antes de que llegasen los curiosos. Rogué a la mujer que hiciese venir un coche hasta la torre; al día siguiente me hice llevar a la ciudad más cercana y desde allí me dirigí a mi patria.

    Y ahora, desde hace más de un año, estoy aquí en la ciudad que me vio nacer y de la que me marché todavía joven para enterrarme hasta la vejez. Todo lo que veo me cansa; no reconozco muchas cosas; otras son completamente nuevas para mí. Me parece que amo a los hombres como un niño ama a la madre que ha vuelto a encontrar; sin embargo, nadie me quiere a su lado. Mi aspecto singular, mi ignorancia de la vida presente, la torpeza inexplicable de mis movimientos, la lentitud de mis ideas, la imposibilidad de encontrar a esta edad nuevos amigos, me hace vivir solo en medio de millones de hombres, como en mi torre. He intentado, alguna vez, parar en la calle a algún joven para contarle mi historia, pero todos sienten repugnancia hacia mí y me juzgan un enfermo fastidioso salido de repente de lo desconocido. Mi casa ha sido destruida para hacer sitio a una calle más ancha; mi nombre ha desaparecido de los registros de la ciudad y de la memoria de los hombres. Ya no soy nada para los demás y casi nada para mí. Desde que he vuelto entre los demás, no puedo respirar bien, mi pecho está oprimido por un aire pesado; todo lo que me rodea parece lleno de polvo. No consigo apasionarme, y recuerdo únicamente, casi con deseos, los balidos desgarrados y tristes de las ovejas lejanas.

    No sé cuánto tiempo permaneceré aquí, no sé dónde iré. La muerte está próxima, pero no deseo morir. Tengo miedo de volver a encontrar a "mis" muertos, y tener que volver a empezar con ellos, una vez más, mi vida.

    Palabras y sangre, 1912

    http://ciudadseva.com/textos/cuentos...i/prisione.htm

  6. #21
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    diciembre-2006
    Vengo de
    no sé
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    +1 Galleta |

    Predeterminado En la noche de los tiempos

    Una de las mejores historias de Lovecraft



    ""Que no esta muerto lo que yace eternamente, y con los evos aún por venir, incluso la muerte puede morir"


    http://www.acanomas.com/Libros-Clasi...Lovecraft).htm

  7. #22
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    agosto-2009
    Vengo de
    Haber ido a uevo a Sudáfrica
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    Predeterminado

    El elefante



    El director del Jardín Zoológico ha demostrado ser un advenedizo. Consideraba a sus animales simplemente como peldaños en la escalera de su propia carrera. Era indiferente a la importancia educativa de su establecimiento. En su Zoo la jirafa tenía un cuello corto, el tejón no tenía madriguera y los silbadores, habiendo perdido todo interés, silbaban rara vez y con cierta reluctancia. Estos fallos no deberían haber sido permitidos, especialmente dado que el Zoo era visitado a menudo por grupos de escolares.
    El Zoo estaba situado en una ciudad provinciana, y le faltaban algunos de los animales más importantes, entre ellos el elefante. Tres mil conejos eran un pobre substituto para el noble gigante. Sin embargo, a medida que nuestro país se desarrollaba, iban siendo colmados los huecos en forma bien planificada. Con ocasión del aniversario de la liberación, el 22 de julio, se le notificó al Zoo que finalmente se le había asignado un elefante. Todo el personal, devoto de su trabajo, se alegró ante esta noticia, y por consiguiente fue muy grande la sorpresa cuando se enteraron de que el director había enviado una carta a Varsovia, renunciando a la asignación y presentando un plan para obtener un elefante por medios más económicos.
    «Yo, y todo el personal», había escrito, «nos damos cuenta de la pesada carga que cae sobre los hombros de los mineros y los obreros metalúrgicos polacos a causa del elefante. Deseosos de reducir costos, sugiero que el elefante mencionado en su comunicado sea reemplazado por uno realizado por nosotros mismos. Podemos construir un elefante de goma, del tamaño correcto, llenarlo de aire y colocarlo tras una cerca. Será cuidadosamente pintado con el color correcto y hasta de cerca resultará indistinguible del verdadero animal. Es bien conocido que el elefante es un animal lento y pesado, y que ni corre ni salta. En el cartel de la cerca podemos indicar que este elefante en particular es especialmente lento y pesado. El dinero ahorrado de esta manera podrá ser dedicado a comprar un avión a reacción o a conservar algún monumento religioso.
    »Le ruego humildemente que tenga en cuenta que tanto la idea como su ejecución son mi modesta contribución a la tarea y lucha comunes.
    «Quedo, etc.»
    Este comunicado debió llegar a algún burócrata sin alma, que contemplaba sus tareas en una forma puramente mecánica, y que no examinó las trascendencia del asunto sino que, siguiendo únicamente las directrices acerca de la reducción de gastos, aceptó el plan del director.
    Al tener noticia de la aprobación del Ministerio, el director dio órdenes para que se confeccionara el elefante de goma.
    Este iba a ser hinchado de aire por dos empleados que soplarían por extremos opuestos. Para mantener la operación en secreto, el trabajo se realizaría durante la noche, pues los habitantes de la ciudad, habiendo oído que iba a llegar un elefante al Zoo, estaban ansiosos por verlo. El director insistió en dar prisas, además, porque esperaba un premio, si su idea resultaba ser un éxito.
    Los dos empleados se encerraron en un cobertizo que habitualmente albergaba un taller, y comenzaron a soplar. Tras dos horas de duros esfuerzos, descubrieron que la piel de goma apenas se había alzado unos centímetros sobre el suelo y que la masa no se parecía en lo más mínimo a un elefante.
    Transcurría la noche. En el exterior, las voces humanas se habían acallado y solo los gritos de los chacales cortaban el silencio. Exhaustos, los empleados dejaron de soplar y se aseguraron de que el aire que ya estaba en el interior del elefante no se escapase. Ya no eran jóvenes y no estaban acostumbrados a este tipo de trabajo.
    –Si seguimos a este ritmo –dijo uno de ellos–, no acabaremos antes de la mañana y, ¿qué es lo que le voy a decir a mi señora? Nunca me creerá si le digo que he pasado la noche hinchando un elefante.
    –Tienes razón –admitió el segundo empleado–. El hinchar un elefante no es un trabajo que se dé todos los días. Y todo porque nuestro director es un izquierdista.
    Siguieron soplando, pero después de otra media hora se sintieron demasiado cansados como para continuar. El bulto en el suelo era mayor, pero aún seguía sin tener la forma de un elefante.
    –Cada vez resulta más difícil –dijo el primer empleado.
    –Sí, es un trabajo cuesta arriba –convino el segundo–. Descansemos un poco.
    Mientras estaban descansando, uno de ellos se fijó en una tubería de gas rematada por una espita. ¿No podrían llenar el elefante con gas? Se lo sugirió a su compañero.
    Decidieron intentarlo. Enchufaron el elefante a la cañería de gas, abrieron la espita y, para su alegría, vieron como a los pocos minutos se alzaba un animal de buen tamaño en el cobertizo. Parecía real: el enorme cuerpo, patas como columnas, grandes orejas y la inevitable trompa. Movido por su ambición, el director se había asegurado el tener en su Zoo un elefante verdaderamente grande.
    –De primera clase –declaró el empleado que había tenido la idea de usar el gas–. Ahora ya podemos irnos a casa.
    Por la mañana, el elefante fue trasladado a un lugar especial, muy céntrico, junto a la jaula de los monos. Colocado frente a una gran roca verdadera, parecía imponente y magnífico. Un gran cartel proclamaba: «Particularmente lento y pesado. Apenas si se mueve.»
    Entre los primeros visitantes de aquella mañana se hallaba un grupo de niños de la escuela local. El maestro que los tenía a su cargo planeaba darles una lección acerca del elefante. Detuvo al grupo frente al animal y comenzó:
    –El elefante es un mamífero herbívoro. Por medio de su trompa arranca arbolillos y se come sus hojas.
    Los niños estaban contemplando al elefante con embelesada admiración. Esperaban que arrancase un arbolillo, pero la bestia permanecía quieta tras la cerca.
    –...el elefante es un descendiente directo del ya extinto mamut. Por consiguiente, no es sorprendente que sea el más grandes de los animales terrestres hoy vivos.
    Los alumnos más conscientes estaban tomando notas.
    –...solo la ballena es más pesada que el elefante, pero la ballena vive en el mar. Podemos decir, con toda seguridad, que en tierra firme el elefante reina supremo.
    Una suave brisa movió las ramas de los árboles del Zoo.
    –...el peso de un elefante adulto es de tres y media a cinco toneladas.
    En aquel momento, el elefante se estremeció y se alzó en el aire. Por unos segundos flotó a poca altura sobre el suelo, pero una ráfaga de viento lo arrastró hacia arriba hasta que su gigantesca silueta quedó recortada contra el cielo.
    Durante un corto espacio de tiempo, la gente pudo ver desde abajo los cuatro círculos de sus patas, su abultada tripa y la trompa, pero pronto, impulsado por el viento, el elefante voló sobre la cerca y desapareció por encima de las copas de los árboles.
    Los asombrados monos se quedaron mirando al cielo desde el interior de su jaula.





    Hallaron al elefante en el cercano jardín botánico. Había aterrizado sobre un cactus y había pinchado su piel de goma.
    Los escolares que habían contemplado la escena en el Zoo pronto comenzaron a descuidar sus estudios y se convirtieron en gamberros. Se dice que beben licores y rompen ventanas. Y ya no creen en los elefantes.



    Slawomir Mrozek, nacido en 1930, es un renombrado autor teatral, uno de los más conocidos fuera de las fronteras de su país, Polonia. Entre sus obras cabe destacar Tango y El policía, que han conocido un gran éxito mundial y han sido representadas también en los escenarios de nuestro país. Como narrador, Mrozek se apunta a la fantasía y al humor absurdo, siendo comparado en algunos aspectos al checo Kafka. En El elefante, que da título a uno de sus más conocidos volúmenes de cuentos (editado en español por Seix Barral), Mrozek critica, en clave de ácido humor, el acientifismo crónico de nuestros más sesudos estamentos científicos.

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    El muñeco de nieve



    Está nevando este invierno cuanto se quiera y más, y los niños hicieron en la plaza del mercado un muñeco de nieve.
    Es una plaza grande, por la que pasa multitud de gente todos los días. Dan a ella las ventanas de muchas oficinas de la administración pública, pero a la plaza no le preocupa eso; está sencillamente ahí. Con gran alboroto y gritando de entusiasmo, los niños levantaron el estrafalario muñeco justamente en su centro.
    Hicieron rodar nieve hasta obtener una bola muy grande: eso era la barriga. Luego, otra más pequeña: era el pecho y los hombros. Por fin formaron otra aún más pequeña: la cabeza. Con unos tizos de carbón fingieron los botones del hombre de nieve, de tal modo que estuviera abrochado desde arriba hasta abajo, y le colocaron una zanahoria por nariz. En fin, un muñeco de nieve normal y corriente, como cualquiera de los que cada invierno hacen los niños a millares por todo el país, si es que las nevadas lo permiten. A los niños les hizo ilusión y estaban felices.
    Varias personas que pasaron por allí ojearon al hombre de nieve y luego siguieron su camino, y la administración pública siguió administrando como si tal cosa.
    El padre se alegró de que sus hijos retozaran al aire libre, de que se les pusieran encarnados los cachetes y de que luego volvieran con hambre a casa.
    Pero a la noche, cuando todos estaban ya recogidos, alguien llamó a la puerta. Era el vendedor de prensa que tenía su quiosco en la plaza del mercado. Se excusó por venir tan tarde a dar la lata, pero dijo que consideraba un deber hablar cuatro palabras sinceras con el padre. Claro que los niños eran todavía muy chicos, admitió. Pero ya había que andar con cuidado con ellos, o de lo contrario no acabarían bien. Sólo por eso había venido, por otra cosa no lo hubiera hecho; lo único que le importaba era el bien de todos los niños, dijo; la educación infantil era una cosa que le preocupaba mucho. Y detalló que el motivo concreto de su visita era la nariz de zanahorias que estos niños le habían puesto al hombre de nieve; era una nariz colorada, y él, el vendedor, también tenía la nariz de ese color, y no porque bebiera más aguardiente de la cuenta, sino porque una vez se le heló. Una desgracia, no algo como para burlarse de él a la vista de todo el mundo. Aclaró por fin que había ido a pedir que no volviera a ocurrir, claro que, como ya había dicho antes, sólo en bien de su educación.
    Tales observaciones impresionaron al padre bastante. Como es natural, los niños no deben meterse con nadie, por colorada que tenga la nariz y por mucho que eso les llame la atención. De modo que reunió a los chicos y, poniéndose serio, les dijo señalando al hombre del quiosco:
    –¿De verdad que le habéis puesto esa nariz al muñeco para burlaros de este señor?
    Los niños se asombraron sinceramente y, de momento, no entendieron de qué les estaban hablando. Cuando por fin cayeron en la cuenta, aseguraron muy formalmente que jamás les había pasado eso por la cabeza. Pero, por si las moscas, el padre los castigó y los dejó sin cenar.
    El vendedor de prensa le dio las gracias y se fue. Al llegar a la puerta del piso, se cruzó con el presidente del Sindicato Comunal, quien saludó en seguida al dueño de la casa, satisfechísimo de recibir bajo su techo a tan importante personaje. Mas cuando el señor presidente vio a los niños, frunció el ceño y dijo malhumoradamente:
    –Caramba, me alegra ver a estos pillastres. Tendrían ustedes que atarlos más cortos, ¡tan chicos y ya tan descarados! ¿Pues no miro hoy a la plaza por una ventana de nuestras oficinas y veo...? Pues estaban haciendo tranquilamente un hombre de nieve.
    –Ah, sí, la nariz y el ven... –le interrumpió el padre.
    –¡A mí qué me importa la nariz! Figúrese: primero hacen una bola, luego otra y luego una tercera. Ponen la segunda encima de la primera, y la tercera encima de la segunda. ¿No es para indignarse?
    Como el padre no entendía qué quería decir, el señor presidente se enfadó todavía más.
    –¡Pero si está clarísimo! Quieren dar a entender que en nuestro Sindicato Comunal se sienta un ladrón encima de otro. ¡Y eso es una calumnia! Hasta cuando se pretende publicar en los periódicos una cosa así, hay que presentar pruebas, y no digamos ya si se toca el asunto públicamente, nada menos que en la plaza del mercado.
    Agregó, sin embargo, que, dadas la poca edad y la inexperiencia de los niños, estaba dispuesto esa vez a dejarlo pasar; no iba a exigir explicaciones. Pero, eso sí, la cosa no podía repetirse.
    Cuando se preguntó a los niños si al poner una bola de nieve sobre otra habían querido dar a entender que en el Sindicato Comunal estaba sentado un ladrón sobre otro, sacudieron las cabezas y se echaron a llorar. Pero el padre, no hubiera un tío, páseme usté el río, los puso castigados de cara a la pared.
    El día no terminó con eso. Se oyeron en la calle los cascabeles de un trineo que se paró, de pronto, ante la casa. Dos hombres llamaron a la puerta simultáneamente: un gordo desconocido embutido en un abrigo de piel de oveja y el presidente del Consejo Nacional.
    –Ciudadano, vengo por causa de vuestros hijos –dijeron al mismo tiempo desde el umbral.
    El padre, que ya estaba acostumbrándose a la cosa, acercó unas sillas para que los recién llegados se sentaran. El presidente miraba de reojo al otro, el gordo desconocido, y se preguntaba quién podría ser. Luego habló primero:
    –Me asombra que permita usted que se haga en su casa propaganda enemiga. Mucho me temo que no tenga usted conciencia política. Mejor será que me lo confiese todo ahora mismo.
    El padre no entendía por qué se le decía aquello.
    –Se ve en sus hijos inmediatamente. ¿No sabe que se están burlando de los organismos de nuestro Estado de obreros y campesinos? Sus hijos, sus hijos, sí. Han levantado ese muñeco de nieve justamente frente a la ventana de mi cancillería.
    –Ahora comprendo –suspiró el padre tímidamente–. Se trata de eso de querer representar el robo...
    –¡Qué robo ni qué diablos! ¿Pero es que no entiende usted lo que significa levantar un hombre de nieve al pie de la ventana del presidente del Consejo Nacional? Sé muy bien lo que las malas lenguas van hablando de mí. ¿Por qué no van sus hijos y colocan un hombre de nieve al pie de la ventana de Adenauer? ¡Ah! No contesta, ¿eh? Un silencio que lo dice todo, señor mío. Yo sabré sacar de él mis consecuencias.
    En el momento de oírse la palabra «consecuencias», se levantó el gordo desconocido, miró a un lado y a otro y se alejó de puntillas, sigilosamente, como dándose ya por satisfecho; volvieron a oírse los cascabeles del trineo, al pie de la casa, y el tintineo se fue perdiendo a lo lejos.
    –Sí, amigo mío, le aconsejo que reflexione sobre lo que acabo de decirle –agregó el presidente–. ¡Ah, y otra cosa! Si por distracción salgo a veces de casa con los pantalones desabrochados, eso es cosa mía y sus niños no tienen ningún derecho a tomarme el pelo. Sepa que, si me da la gana, saldré de casa incluso sin pantalones y que a sus hijos no les importa un pimiento. Procure acordarse bien.
    El acusado hizo comparecer a los niños, que estaban de cara a la pared, y les conminó a que confesasen inmediatamente que al hacer el muñeco de nieve habían pensado en el señor presidente y que además los botones eran un puyazo de mal gusto al hecho de que, a veces, el señor presidente llevaba por distracción desabrochados los pantalones.
    Entre lágrimas y pucheros, los niños afirmaron que habían hecho su hombre de nieve nada más que para divertirse y sin la menor mala intención. Pero, por si sí o por si no, el padre no sólo los dejó sin cenar y los puso de cara a la pared, sino que les mandó hincarse de rodillas sobre el santo suelo.
    Aquella noche aún volvieron a llamar a la puerta varias veces, pero el padre ya no abrió más.
    Y, al día siguiente, pasé junto a un jardincillo donde los niños estaban jugando. Se les había prohibido ir por la plaza del mercado y los niños estaban discutiendo a qué iban a jugar esa mañana.
    –Vamos a hacer un hombre de nieve –dijo el primero.
    –¡Boh, un hombre de nieve corriente es muy aburrido! –contestó el segundo.
    –Bueno, vamos a hacer un hombre que venda periódicos. Y le ponemos una nariz bien colorada. Porque la tiene así de colorada de tanto aguardiente, ¿no? El mismo lo dijo anoche –dijo el tercero.
    –¡Qué tonto eres! Yo voy a hacer el Sindicato.
    –Y yo al señor presidente, eso sí que es un hombre de nieve. Y además le voy a poner botones porque siempre lleva los pantalones sin abrochar.
    Los niños se pelearon un poco, pero por fin se pusieron de acuerdo para realizar todos esos proyectos, uno detrás de otro. Y se pusieron a trabajar con mucho interés.


    El elefante, volumen del que está tomado este cuento, obtuvo en 1957 el Premio Nacional Polaco de Literatura y se convirtió aquel mismo año en un fulminante éxito de venta. Slawomir Mrozek, de Cracovia y de 1930, reside hoy en Varsovia; es autor de dos libros de relatos y de tres comedias, traducidas a 9 idiomas. Su fina y temible capacidad de sátira y su ternura hacia el mundo de los chicos han de regocijar sin duda al lector.

  9. #24
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    Predeterminado No se culpe a nadie

    No se culpe a nadie
    Julio Cortázar


    El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tonteria de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendria que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahi arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridiculo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izqulerda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, sunque su mano izquierda le duela cads vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fria, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.

  10. #25
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    Predeterminado

    Bueno, el cuento de La fe de nuestros padres, sin duda alguna. Ahí está en el blog de Alberto Chimal (escritor mexicano). Algo así como ciencia ficción-filosófica:

    http://www.lashistorias.com.mx/index...estros-padres/
    Editado por pizza hawaiana en 27-oct-2010 a las 10:47

  11. #26
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    Predeterminado Sábado de Gloria - Benedetti

    No sabía que Benedetti tenía cuentos, hoy leí el primero, por recomendación. Me alegra descubrirle.

    Sábado de Gloria
    Mario Benedetti


    Desde antes de despertarme, oí caer la lluvia. Primero pensé que serían las seis y cuarto de la mañana y debía ir a la oficina pero había dejado en casa de mi madre los zapatos de goma y tendría que meter papel de diario en los otros zapatos, los comunes, porque me pone fuera de mí sentir cómo la humedad me va enfriando los pies y los tobillos. Después creí que era domingo y me podía quedar un rato bajo las frazadas. Eso -la certeza del feriado- me proporciona siempre un placer infantil. Saber que puedo disponer del tiempo como si fuera libre, como si no tuviera que correr dos cuadras, cuatro de cada seis mañanas, para ganarle al reloj en que debo registrar mi llegada. Saber que puedo ponerme grave y pensar en temas importantes como la vida, la muerte, el fútbol y la guerra.

    Durante la semana no tengo tiempo. Cuando llego a la oficina me esperan cincuenta o sesenta asuntos a los que debo convertir en asientos contables, estamparles el sello de contabilizado en fecha y poner mis iniciales con tinta verde. A las doce tengo liquidados aproximadamente la mitad y corro cuatro cuadras para poder introducirme en la plataforma del ómnibus. Si no corro esas cuadras vengo colgado y me da náusea pasar tan cerca de los tranvías. En realidad no es náusea sino miedo, un miedo horroroso.

    Eso no significa que piense en la muerte sino que me da asco imaginarme con la cabeza rota o despanzurrado en medio de doscientos preocupados curiosos que se empinaran para verme y contarlo todo, al día siguiente, mientras saborean el postre en el almuerzo familiar. Un almuerzo familiar semejante al que liquido en veinticinco minutos, completamente solo, porque Gloria se va media hora antes a la tienda y me deja todo listo en cuatro viandas sobre el primus a fuego lento, de manera que no tengo más que lavarme las manos y tragar la sopa, la milanesa, la tortilla y la compota, echarle un vistazo al diario y lanzarme otra vez a la caza del ómnibus. Cuando llego a las dos, escrituro las veinte o treinta operaciones que quedaron pendientes y a eso de las cinco acudo con mi libreta al timbrazo puntual del vicepresidente que me dicta las cinco o seis cartas de rigor que debo entregar, antes de las siete, traducidas al ingles o al alemán.

    Dos veces por semana, Gloria me espera a la salida para divertirnos en un cine donde ella llora copiosamente y yo estrujo el sombrero o mastico el programa. Los otros días ella va a ver a su madre y yo atiendo la contabilidad de dos panaderías, cuyos propietarios -dos gallegos y un mallorquín- ganan lo suficiente fabricando bizcochos con huevos podridos, pero mas aún regentando las amuebladas más concurridas de la zona sur. De modo que cuando regreso a casa, ella esta durmiendo o -cuando volvemos juntos- cenamos y nos acostamos en seguida, cansados como animales. Muy pocas noches nos queda cuerda para el consumo conyugal, y así, sin leer un solo libro, sin comentar siquiera las discusiones entre mis compañeros o las brutalidades de su jefe, que se llama a sí mismo un pan de Dios y al que ellos denominan pan duro, sin decirnos a veces buenas noches, nos quedamos dormidos sin apagar la luz, porque ella quería leer el crimen y yo la página de deportes.

    Los comentarios quedan para un sábado como este. (Porque en realidad era un sábado, el final de una siesta de sábado.) Yo me levanto a las tres y media y preparo el té con leche y lo traigo a la cama y ella se despierta entonces y pasa revista a la rutina semanal y pone al día mis calcetines antes de levantarse a las cinco menos cuarto para escuchar la hora del bolero. Sin embargo, este sábado no hubiera sido de comentarios, porque anoche después del cine me excedí en el elogio de Margaret Sullavan y ella sin titubear, se puso a pellizcarme y, como yo seguía inmutable, me agredió con algo más temible y solapado como la descripción simpática de un compañero de la tienda, y es una trampa, claro, porque la actriz es una imagen y el tipo ese todo un baboso de carne y hueso. Por esa estupidez nos acostamos sin hablarnos y esperamos una media hora con la luz apagada, a ver si el otro iniciaba el trámite reconciliatorio. Yo no tenía inconveniente en ser el primero, como en tantas otras veces, pero el sueño empezó antes de que terminara el simulacro de odio y la paz fue postergada para hoy, para el espacio blanco de esta siesta.

    Por eso, cuando vi que llovía, pensé que era mejor, porque la inclemencia exterior reforzaría automáticamente nuestra intimidad y ninguno de los dos iba a ser tan idiota como para pasar de trompa y en silencio una tarde lluviosa de sábado que necesariamente deberíamos compartir en un departamento de dos habitaciones, donde la soledad virtualmente no existe y todo se reduce a vivir frente a frente. Ella se despertó con quejidos, pero yo no pensé nada malo. Siempre se queja al despertarse.

    Pero cuando se despertó del todo e investigué en su rostro, la noté verdaderamente mal, con el sufrimiento patente en las ojeras. No me acordé entonces de que no nos hablábamos y le pregunté qué le pasaba. Le dolía en el costado. Le dolía muy fuerte y estaba asustada.

    Le dije que iba a llamar a la doctora y ella dijo que sí, que la llamara en seguida. Trataba de sonreír pero tenía los ojos tan hundidos, que yo vacilaba entre quedarme con ella o ir a hablar por teléfono. Después pensé que si no iba se asustaría más y entonces bajé y llamé a la doctora.

    El tipo que atendió dijo que no estaba en casa. No sé por qué se me ocurrió que mentía y le dije que no era cierto, porque yo la había visto entrar. Entonces me dijo que esperara un instante y al cabo de cinco minutos volvía al aparato e inventó que yo tenia suerte, porque en este momento había llegado. Le dije mire qué bien y le hice anotar la dirección y la urgencia.

    Cuando regresé, Gloria estaba mareada y aquello le dolía mucho más. Yo no sabía qué hacer. Le puse una bolsa de agua caliente y después una bolsa de hielo. Nada la calmaba y le di una aspirina. A las seis la doctora no había llegado y yo estaba demasiado nervioso como para poder alentar a nadie. Le conté tres o cuatro anécdotas que querían ser alegres, pero cuando ella sonreía con una mueca me daba bastante rabia porque comprendía que no quería desanimarme. Tomé un vaso de leche y nada más, porque sentía una bola en el estómago. A las seis y media vino al fin la doctora. Es una vaca enorme, demasiado grande para nuestro departamento. Tuvo dos o tres risitas estimulantes y después se puso a apretarle la barriga. Le clavaba los dedos y luego soltaba de golpe.

    Gloria se mordía los labios y decía sí, que ahí le dolía, y allí un poco mas, y allá mas aun.

    Siempre le dolía más.

    La vaca aquella seguía clavándole los dedos y soltando de golpe. Cuando se enderezó tenía ojos de susto ella también y pidió alcohol para desinfectarse. En el corredor me dijo que era peritonitis y que había que operar de inmediato. Le confesé que estábamos en una mutualista y ella me aseguró que iba a hablar con el cirujano.

    Bajé con ella y telefoneé a la parada de taxis y a la madre. Subí por la escalera porque en el sexto piso habían dejado abierto el ascensor. Gloria estaba hecha un ovillo y, aunque tenía los ojos secos, yo sabía que lloraba. Hice que se pusiera mi sobretodo y mi bufanda y eso me trajo el recuerdo de un domingo en que se vistió de pantalones y campera, y nos reíamos de su trasero saliente, de sus caderas poco masculinas.

    Pero ahora ella con mi ropa era sólo una parodia de esa tarde y había que irse en seguida y pensar.

    Cuando salíamos llegó su madre y dijo pobrecita y abrígate por Dios. Entonces ella pareció comprender que había que ser fuerte y se resignó a esa fortaleza. En el taxi hizo unas cuantas bromas sobre la licencia obligada que le darían en la tienda y que yo no iba a tener calcetines para el lunes y, como la madre era virtualmente un manantial, ella le dijo si se creía que esto era un episodio de radio. Yo sabía que cada vez le dolía más fuerte y ella sabía que yo sabía y se apretaba contra mí.

    Cuando la bajamos en el sanatorio no tuvo más remedio que quejarse. La dejamos en una salita y al rato vino el cirujano. Era un tipo alto, de mirada distraída y bondadosa. Llevaba el guardapolvo desabrochado y bastante sucio. Ordenó que saliéramos y cerró la puerta.

    La madre se sentó en una silla baja y lloraba cada vez más. Yo me puse a mirar la calle; ahora no llovía.

    Ni siquiera tenía el consuelo de fumar. Ya en la época de liceo era el único entre treinta y ocho que no había probado nunca un cigarrillo. Fue en la época de liceo que conocí a Gloria y ella tenía trenzas negras y no podía pasar cosmografía. Había dos modos de trabar relación con ella. O enseñarle cosmografía o aprenderla juntos. Lo último era lo apropiado y, claro, ambos la aprendimos.

    Entonces salió el médico y me preguntó si yo era el hermano o el marido. Yo dije que el marido y él tosió como un asmático. "No es peritonitis", dijo, "la doctora esa es una burra". "Ah", "Es otra cosa. Mañana lo sabremos mejor." Mañana. Es decir que. "Lo sabremos mejor si pasa esta noche. Si la operábamos, se acaba. Es bastante grave pero si pasa hoy, creo que se salva".

    Le agradecí -no sé qué le agradecí- y el agregó: " La reglamentación no lo permite, pero esta noche puede acompañarla." Primero pasó una enfermera con mi sobretodo y mi bufanda. Después pasó ella en una camilla, con los ojos cerrados, inconsciente.

    A las ocho pude entrar en la salita individual donde habían puesto a Gloria. Además de la cama había una silla y una mesa. Me senté a horcajadas sobre la silla y apoyé los codos en el respaldo. Sentía un dolor nervioso en los párpados, como si tuviera los ojos excesivamente abiertos. No podía dejar de mirarla. La sábana continuaba en la palidez de su rostro y la frente estaba brillante, cerosa. Era una delicia sentirla respirar, aun así con los ojos cerrados. Me hacía la ilusión de que no me hablaba sólo porque a mí me gustaba Margaret Sullavan, de que yo no le hablaba porque su compañero esa simpático. Pero, en el fondo, yo sabía la verdad y me sentía como en el aire, como si este insomnio fuera una lamentable irrealidad que me exigía esta tensión momentánea, una tensión que de un momento a otro iba a terminar.

    Cada eternidad sonaba a lo lejos un reloj y había transcurrido solamente una hora. Una vez me levanté y salí al corredor y caminé unos pasos. Me salió un tipo al encuentro, mordiendo un cigarrillo y preguntándome con un rostro gesticuloso y radiante "Así que usted también está de espera?" Le dije que sí, que también esperaba. "Es el primero", agrego, "parece que da trabajo". Entonces sentí que me aflojaba y entré otra vez en la salita a sentarme a horcajadas en la silla. Empecé a contar las baldosas y a jugar juegos de superstición, haciéndome trampas. Calculaba a ojo el número de baldosas que había en una hilera y luego me decía que si era impar se salvaba. Y era impar. También se salvaba si sonaban las campanadas del reloj antes de que contara diez. Y el reloj sonaba al contar cinco o seis. De pronto me hallé pensando: "Si pasa de hoy..." y me entró el pánico. Era preciso asegurar el futuro, imaginarlo a todo trance. Era preciso fabricar un futuro para arrancarla de esta muerte en cierne. Y me puse a pensar que en la licencia anual iríamos a Floresta, que el domingo próximo -porque era necesario crear un futuro bien cercano- iríamos a cenar con mi hermano y su mujer y nos reiríamos con ellos del susto de mi suegra, que yo haría pública mi ruptura formal con Margaret Sullavan, que Gloria y yo tendríamos un hijo, dos hijos, cuatro hijos y cada vez yo me pondría a esperar impaciente en el corredor.

    Entonces entró una enfermera y me hizo salir para darle una inyección. Después volví y seguí formulando ese futuro fácil, transparente. Pero ella sacudió la cabeza, murmuró algo y nada más.

    Entonces todo el presente era ella luchando por vivir, sólo ella y yo y la amenaza de la muerte, sólo yo pendiente de las aletas de su nariz que benditamente se abrían y se cerraban, sólo esta salita y el reloj sonando.

    Entonces extraje la libreta y empecé a escribir esto, para leérselo a ella cuando estuviéramos otra vez en casa, para leérmelo a mí cuando estuviéramos otra vez en casa.

    Otra vez en casa. Qué bien sonaba. Y sin embargo parecía lejano, tan lejano como la primera mujer cuando uno tiene once años, como el reumatismo cuando uno tiene veinte, como la muerte cuando sólo era ayer. De pronto me distraje y pensé en los partidos de hoy, en si los habrían suspendido por la lluvia, en el juez inglés que debutaba en el Estadio, en los asientos contables que escrituré esta mañana.

    Pero cuando ella volvió a penetrar por mis ojos, con la frente brillante y cerosa, con la boca seca masticando su fiebre, me sentí profundamente ajeno en ese sábado que habría sido el mío.

    Eran las once y media y me acordé de Dios, de mi antigua esperanza de que acaso existiera. No quise rezar, por estricta honradez. Se reza ante aquello en que se cree verdaderamente. Yo no puedo creer verdaderamente en él. Sólo tengo la esperanza de que exista. Después me di cuenta de que yo no rezaba sólo para ver si mi honradez lo conmovía. Y entonces recé. Una oración aplastante, llena de escrúpulos, brutal, una oración como para que no quedasen dudas de que yo no quería no podía adularlo, una oración a mano armada. Escuchaba mi propio balbuceo mental, pero escuchaba sólo la respiración de Gloria, difícil, afanosa. Otra eternidad y sonaron las doce. Si pasa de hoy.

    Y había pasado. Definitivamente había pasado y seguía respirando y me dormí. No soñé nada.

    Alguien me sacudió el brazo y eran las cuatro y diez. Ella no estaba. Entonces el médico entró y le preguntó a la enfermera si me lo había dicho. Yo grité que sí, que me lo había dicho -aunque no era cierto- y que él era un animal, un bruto más bruto aún que la doctora, porque había dicho que si pasaba de hoy, y sin embargo. Le grité, creo que hasta lo escupí frenético, y él me miraba bondadoso, odiosamente comprensivo, y yo sabía que no tenía razón, porque el culpable era yo por haberme dormido, por haberla dejado sin mi única mirada, sin su futuro imaginado por mí, sin mi oración hiriente, castigada.

    Y entonces pedí que me dijeran en dónde podía verla. Me sostenía una insulsa curiosidad por verla desaparecer, llevándose consigo todos mis hijos, todos mis feriados, toda mi apática ternura hacia Dios.

  12. #27
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    Predeterminado

    Jueves de revivir temas

    Pero lo hago aportando con este bonito cuento:


    De acá.



    Gassmensch
    Maik Civeira



    Frente occidental, 1917

    Me detengo exhausto ante un charco en la tierra, seducido por el agua sucia y lodosa que mi boca y mi garganta desean como al manantial más exquisito. Con ansiedad sumerjo la mano y llevo el agua hasta mis labios, tratando de ignorar el olor y el sabor a podredumbre. Bebo hasta quedar satisfecho.

    Me siento en el fango y trato de serenarme. Contemplo el panorama que me rodea y no veo señales de la cosa que me persigue. Suspiro. Estoy lejos de las trincheras, de las barracas y de los alambres de púas. Todo a mi alrededor es un infinito desierto de lodo. Me siento como el último hombre en un mundo muerto.

    Mis manos se resisten a soltar el rifle, pues éste se ha adherido a mis dedos anquilosados. Con esfuerzo y dolor abro la mano y dejo el arma a un lado. No está cargada, y aún si lo estuviera no me serviría de nada, pero tenerla cerca me hace sentir menos desvalido. Me descuelgo la mochila de los hombros y la abro en busca de comida. Encuentro un trozo de salchichón ennegrecido y rancio que devoro con desesperación. En las últimas horas sólo había pensado en huir y no me había tomado tiempo para revisar el contenido de mi mochila. Hay algo más aquí… es mi diario. Abro el cuaderno y leo notas que escribí hace apenas unos días, pero me parecen escritas por otra persona en una época muy lejana.

    17 de Noviembre

    Hoy escuché a dos capitanes hablar acerca de lo que uno de ellos había oído decir a un teniente y a un coronel. Dijeron que habían muerto algunos soldados en una barraca de la que se encargaba el teniente antes de ser transferido. Los soldados parecían haber sido envenenados con gas, pero era muy extraño porque no había habido ataques enemigos, además de que el veneno no había afectado a los demás soldados, a pesar de que todos dormían en un mismo espacio reducido.

    Más tarde, Franz me dijo…
    Sollozo cuando leo el nombre de mi amigo y camarada, sabiendo que nunca lo volveré a ver. Sigo leyendo, sin saber bien por qué lo hago.

    Más tarde, Franz me dijo que había escuchado rumores acerca de un soldado que se había vuelto loco y había gaseado a sus propios compañeros mientras dormían.
    Miro en derredor y busco señales de vida, pero sólo está el desierto de lodo hasta donde la vista alcanza. El cielo es casi del mismo color grisáceo que la tierra y ambos se confunden en el horizonte. El viento helado me trae el olor de cadáveres podridos. Los escalofríos de miedo se confunden con los que me causa la helada y con el temblor del hambre y el cansancio.

    Continúo leyendo mi diario y como en las notas del dieciocho de noviembre no encuentro nada que se refiera a esa cosa, paso a las del día siguiente.

    19 de Noviembre

    Hoy conocí a un soldado, llamado Peters, que vino transferido desde el Hormiguero. Me dijo que ya habían abandonado ese puesto y que lo habían dejado a los franceses. Según Peters, los oficiales temían que hubiera una epidemia en ese lugar, porque muchos soldados aparecían muertos con los rostros deformados y los cuerpos contraídos, como si hubieran sido envenenados con gas. Pero Peters nos dijo a mí y a Franz que el verdadero culpable tras la muerte de los soldados había sido un demente que entraba en las barracas durante las noches y que gaseaba a los soldados mientras dormían.
    El frío atraviesa mi ropa, mi piel y mis huesos. El silencio a mi alrededor es absoluto, ahora ni siquiera hay viento. El mismo sonido de mi respiración me pone nervioso. No puedo evitar el sentirme acechado.

    21 de Noviembre

    Anoche hubo un ataque. Los franceses, que ya han asegurado su posición en el Hormiguero, asaltaron nuestra trinchera y estuvimos toda la noche combatiendo. Logramos repeler el ataque, pero muchos murieron, Gunthersen entre ellos. Sin embargo, murieron muchos más franceses y los oficiales festejaron esa noche, como si hubieran ganado una gran victoria. Los soldados nos fuimos a dormir en cuanto pudimos.

    Franz dijo que durante la batalla vio una figura alta y oscura caminar de un lado a otro en medio del fuego cruzado. Peters dijo haber escuchado a varios oficiales decir que muchos soldados tanto nuestros como franceses fueron encontrados con las señales de haber sido envenenados con gas. Pero estamos seguros de que ni los franceses ni nosotros usamos gas durante la refriega. Peters asegura que el gaseador misterioso es el responsable.

    22 de Noviembre

    Hay miedo en la trinchera; varios soldados murieron anoche. Amanecieron con los músculos contraídos, con el gesto retorcido, como si hubieran sido gaseados. Después de todo lo que me han contado los últimos días, también tengo miedo.

    Yo conocía a uno de los que murieron. Era un jovencito a quien llamábamos Maus. Nos ordenaron incinerar todos los cuerpos y yo mismo me encargué del suyo.
    Dejo de leer y trato de recordar a Maus. Cuando lo conocí era un muchacho alegre, pero en las últimas semanas parecía estar invadido por la desesperanza. Se veía demacrado, flaco y ojeroso, con la mirada perdida, y ya casi nunca hablaba.

    23 de Noviembre

    He oído a varios soldados hablar acerca de un hombre altísimo, que camina por las trincheras durante la noche, todo vestido de negro, con una gabardina larga que le llega hasta los talones. Los que lo han visto creen que es él quien está matando a los soldados. Nadie lo ha visto durante el día. Lo llaman Gassmensch. Me dijeron que cuando este personaje se encuentra cerca, se siente un olor dulce y penetrante, que creen que es el gas con el que mata a sus víctimas.

    24 de Noviembre

    Anoche pasó algo muy extraño y aterrador. Estaba recostado en mi litera, con los ojos cerrados pero sin dormir -ya casi nunca lo hago-, cuando sentí un olor muy dulce e intenso. Me invadió el terror y no me atreví a abrir los ojos. Sentí una presencia y escuché los ecos de una respiración pesada y cortante, que se acercaba poco a poco hasta que se detuvo a mi lado. Por largos segundos escuché junto a mí la respiración resonante de este ser. Recé todas las oraciones que me vinieron a la mente y cuando esa cosa se marchó, seguí rezando. Wilmer, que dormía en la cama bajo la mía, amaneció muerto. Estoy seguro de que Gassmensch estuvo en nuestra barraca. Estamos todos muy nerviosos y los oficiales no dicen nada.

    26 de Noviembre

    Antenoche vi por fin a Gassmensch. Yo estaba en la trinchera haciendo la guardia cuando sentí el mismo olor dulce de la noche anterior. Me puse alerta y miré en todas direcciones. Y lo vi: era una figura humana, muy alta, vestida toda de negro y traía una capa o una gabardina negra y larga que le daba el aspecto de una sombra ondulante que se deslizaba por la trinchera. Me quedé congelado de terror, pero él pasó junto a mí como si no me viera. Entonces lo pude ver de cerca. Sus manos eran muy extrañas, parecían estar cubiertas de cuero negro y brillante y sus dedos remataban en puntas, como si tuviera garras. Usaba una máscara antigás que le daba el aspecto de una cosa inerte. Su respiración se podía oír detrás de la máscara, pesada y cortante, como la que había escuchado la noche anterior.

    Sólo cuando Gassmensch se hubo alejado unos cuantos metros, reaccioné. Tomé mi fusil, apunté e hice tres disparos. La criatura -pues ahora estoy seguro de que no se trata de un ser humano- se tambaleó un momento, pero luego recobró su postura mecánica y siguió caminando. Estoy seguro de haberle dado por lo menos con uno de los tiros, porque pude ver el agujero que dejó la bala en su espalda. De ese agujero comenzó a brotar una nube de humo negro y espeso. Al verlo, corrí aterrado en la dirección opuesta hasta llegar a mi barraca.

    Ayer estuve arrestado todo el día por relatar mi encuentro con Gassmensch a los soldados. El teniente Brem dijo que mi historia era un cuento para justificar el hecho de que hubiese abandonado mi puesto y que no hacía más que cundir el pánico entre mis compañeros. Hasta hoy en la mañana me dejaron salir. Entonces me enteré de que varios soldados habían muerto las noches de ayer y de antier.
    Aquí termina mi diario; las últimas líneas fueron escritas con prisa. Cierro el cuaderno con un suspiro desesperanzado y lo guardo de regreso en la mochila. Por alguna razón siento que si sobrevivo debo contar esta historia, que el mundo debe saber lo que sucedió… lo que está sucediendo.

    Había dejado de escribir porque a la mañana siguiente emprendimos la carrera Franz, Peters y yo. Franz fue el primero en levantarse, nos despertó a sacudidas y nos dijo temblando que no había nadie con vida en los alrededores. Salimos de nuestro dormitorio. En las barracas decenas de soldados estaban muertos en sus camas, con los rostros contraídos en gestos grotescos, inhumanos. Por los pasillos de la trinchera muchos otros cuerpos estaban medio hundidos en el lodo. Lo único vivo eran las ratas que roían los cadáveres. Todo apestaba a podrido.

    Como no encontramos a los oficiales ni a muchos de nuestros conocidos, dedujimos que habían huido. Recogimos nuestras cosas y todas las municiones que encontramos y nos lanzamos a campo abierto. Todo el día lo pasamos corriendo por el páramo fangoso. Por ningún lado veíamos señal de los nuestros ni de los franceses.

    La primera noche acampamos junto a una trinchera que encontramos abandonada. Con trozos de madera podrida encendimos una fogata. Franz entonces nos dijo que creía saber la razón por la cual Gassmensch nunca aparecía durante el día. Nos explicó que los gases venenosos son diferentes; algunos no se evaporan si hace mucho frío y no llegan a ningún lado, otros se evaporan demasiado rápido con el calor y se disuelven en el aire. Franz creía que Gassmensch se habría evaporado si salía durante el día. Esa noche nadie durmió.

    Ahora tengo mucho frío. Miro hacia el cielo y me doy cuenta de que el sol ya comienza a ponerse. Me aterra saber que se acerca la noche, pero no tengo energías para seguir corriendo y además en este paisaje en el que todo es fango, no sabría hacia dónde huir sin regresar por donde vine. Busco en derredor algo con lo que pueda hacer una fogata, pero sé que no hay nada en este gigantesco lodazal. Miro mi mochila. Lo pondero por largos minutos antes de prenderle fuego con todo y mi diario adentro.

    La segunda noche, mis compañeros y yo estábamos sentados alrededor de una hoguera que habíamos encendido con la ropa que le arrancamos a los cadáveres. Franz nos contó otra de sus teorías sobre Gassmensch. Según él, se trataba de un soldado que debía haber sobrevivido a un ataque con gas y se había convertido en monstruo. Le pregunté por qué creía que Gassmensch mataba a unos soldados y a otros los dejaba vivir. No supo darme una respuesta. Entonces yo sugerí que quizá se trataba de un arma diseñada por los franceses, o por los rusos. Peters negó con la cabeza y aseguró que Gassmensch era el demonio.

    Me volví para ver a Peters. No había dicho una palabra hasta entonces. Se veía en verdad exhausto; su rostro estaba pálido y demacrado y su mirada se perdía en la hoguera. Yo empezaba a sentir sueño, cabeceaba. Cerré los ojos por un momento y, de pronto, escuché un sonido lejano, susurrante. Abrí los ojos. El rumor se oía cada vez más cerca, proveniente de la oscuridad. De entre las sombras vi aparecer al monstruo caminando lento y mecánico hacia nosotros.

    Grité y mis compañeros reaccionaron. Tomamos nuestras armas y logramos poner la fogata entre Gassmensch y nosotros. Estábamos tan cerca de la criatura que podía ver el fuego reflejado en los lentes de su máscara antigás. Disparamos los tres al mismo tiempo, seguros de nuestro tino. El monstruo se tambaleó con cada disparo, pero después recuperó el equilibrio y siguió avanzando hacia nosotros. Volvimos a cargar y disparamos otra ráfaga, sin darnos cuenta de que por cada agujero que nuestras balas hacían en su gabardina brotaba humo negro y espeso. Peters fue el primero en notarlo y nos advirtió a gritos, pero no evitó inhalar el gas. Abandonamos la idea de enfrentar a Gassmensch y huimos del lugar.

    Corrimos todo lo que pudimos. Yo iba ayudando a Peters, a quien costaba cada vez más trabajo mantenerse en pie. Finalmente, no pudo más y cayó al lodo, convulsionándose y gimiendo. Apretaba los dientes y babeaba y se arañaba la cara y sus ojos sangraban. Franz y yo lo contemplamos con una mezcla de horror y compasión hasta que dejó de moverse. Abandonamos su cadáver medio hundido en el fango y seguimos caminando hasta el amanecer.

    Cuando salió el sol ya habíamos entrado a esta tierra de nadie en la que me encuentro ahora. Franz y yo nos dejamos caer sobre el lodo y nos echamos a dormir.

    La lluvia me despertó a medio día. Las gotas de agua fresca cayendo suavemente sobre mi piel fueron lo único saludable que me he tocado desde que llegué al frente. Franz y yo llenamos nuestras cantimploras y me sentí revitalizado. Proseguimos nuestra huida más allá de la caída de la noche, sin dirección y sin mirar atrás. Cuando nos deteníamos era más por cansancio que por sentirnos a salvo.

    Franz se comportaba cada vez más huraño, incluso agresivo. Después de nuestro encuentro con Gassmensch yo era el único que había conservado su fusil. Franz comenzó a interrogarme; me preguntaba por qué aún tenía mi arma cuando ambos sabíamos que las balas no le hacían daño al monstruo. Yo no respondía, sólo seguía caminando. Después de eso, ya no nos hablamos, sólo caminábamos el uno junto al otro, casi sin siquiera voltear a vernos. Así avanzamos toda la noche.

    Faltaba poco para el amanecer y aún no veíamos el final del desierto lodoso. Franz, sediento, sacó su cantimplora y empezó a beber, pero durante un instante de torpeza, dejó caer el recipiente. Miramos abstraídos cómo el vital líquido se perdía absorbido por el lodo. Franz enloqueció. Tomó un puñal que traía colgado de su cinturón y se lanzó contra mí, rugiendo como un salvaje y exigiendo que le diera mi agua. Yo trataba de esquivarlo, pero una de sus estocadas dio justo en mi cantimplora y abrió una fisura por la cual se salió toda el agua. Al ver esto, Franz se desquició por completo; se abalanzó sobre mí y ambos caímos al fango. Perdí mi fusil. Franz trató de apuñalarme, pero mordí su mano y le hice soltar el arma. Lo empujé y lo hice caer de espaldas. Ya no me contenía; me puse encima de Franz y empecé a golpearlo con todas mis fuerzas.

    De pronto sentí el penetrante olor de Gassmensch. Me puse de pie y Franz hizo lo mismo. Estábamos alerta; yo recogí mi fusil y Franz esgrimió su cuchillo. Miramos a nuestro alrededor, pero no podíamos ver al monstruo. De pronto, se apareció detrás de Franz, lo sujetó con sus brazos y juntos se desvanecieron en una nube de gas negro. Salí corriendo para no presenciar un final que ya imaginaba.

    Entre caminata y carrera, huí sin cesar durante dos días hasta que, vencido por la fatiga, me detuve frente a este charco. Estoy agotado. El sol se ha puesto ya. No hay luna y el frío me tortura. Me levanto y empiezo a caminar sin rumbo. Si sigo andando es casi por inercia. Estoy perdido, no hay hacia dónde ir. Todo aquí es lodo, frío y muerte. Me dejo caer. Entre el olor fétido del lodazal puedo sentir el dulce aroma de Gassmensch. Me levanto y sigo caminando sin mirar atrás. Siento su pesado y cortante respirar detrás de mí. Sigo caminando, quizá si lo ignoro se vaya.

    Pero sigue detrás de mí. De alguna forma, siempre ha estado allí. Siempre ha estado caminando detrás de cada uno de nosotros, sólo hace falta volverse para verlo. Y lo hago, me vuelvo. Veo mi rostro pálido y marchito reflejado en los lentes de su máscara antigás. Ahora lo entiendo, Gassmensch no mata hombres al azar. No es un monstruo, ni un demonio, ni un arma secreta. Ahora sé quién es Gassmensch. Me acerco a él y dejo que comparta su veneno conmigo.
    Editado por Viajero Astral en 14-feb-2013 a las 03:05

  13. #28
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    Y ahora, para este 14 de febrero, nada mejor que un cuento sobre adolecentes calenturientos:

    De acá.

    YUMBINA
    Maik Civeira

    Capítulo I

    Rigoberto observaba firmes y altivos glúteos que se movían gráciles bajo faldas a cuadros, o le dedicaba atentas miradas a dulces pares de pechos bien formados y dispuestos, que bajo la blusa blanca parecían clamar por ser liberados de sus sostenes. Culitos y teticas adolescentes pasaban de un lado para el otro frente a los ojos, la mente y el deseo del muchacho; cuerpos femeninos perfectamente desarrollados a los que mojigaterías y tabúes tratan en vano de negar y esconder detrás de uniformes colegiales.

    Era el primer día de clases después de las vacaciones de verano, una mañana para reencontrarse y ponerse al tanto de lo que unos y otros habían hecho durante esos días de ocio, para fijarse en qué caras nuevas se veían por la escuela, en quién había ligado o cortado con quién, a quién le habían puesto el cuerno y quién había “dado un estirón” o quién se había “puesto muy bien”.

    Esta última cuestión era la que ocupaba los esfuerzos mentales y sensoriales de Rigo y su camarada Godo, quienes, sentados en una banca en el patio de la escuela, observaban, con la mayor discreción que les era posible, a chicas de nuevo ingreso cuyos cuerpos demandaban que las miradas ajenas las orbitasen, y a compañeras de siempre que habían experimentado un afortunado desarrollo durante el estío.

    Ciertamente no eran nada feos los muchachos; Rigo tenía una bonita piel de tono moreno claro que armonizaba muy bien con su cabello rizado y negro, y con sus ojos cafés tirando a miel, en un rostro a la vez juvenil y masculino. Godo era bonito como una niña; su cabello rubio y ondulado caía sobre su nuca en bucles prohibidos por el reglamento escolar, su piel era clara y sonrosada, y tenía un par de ojos verdes en una carita marcada por expresiones de finura casi infantil. Ambos eran delgados y de buena estatura, aunque a Godo le daba por andar encorvado y por eso se veía más bajito.

    No obstante estos atributos positivos y hasta envidiables, este par de dos no alcanzaban el excluyente estándar de buenez que ostentaban los populares de la prepa, mismo que podía ser modificado sólo en función de la cuenta bancaria del padre del interesado. Por ello, Rigo creía cual dogma de fe que las señoritas a las que dedicaban sus miradas más atentas y sus pensamientos más intensos estaban fuera de su alcance. Lo que Godo pudiese pensar o sentir respecto a esta creencia, era oculto por bromas y comentarios indiscretos acerca de la contemplación de esas bellezas y las dedicatorias que pudiera hacerles a la hora de la ducha.

    Rigo, por su parte, se estaba volviendo loco con la mera contemplación de los cuerpos apetecibles y las arrogantes expresiones de las chicas más cotizadas de la escuela. Había llegado el punto en que las fantasías que sobre ellas elaboraba lo herían en lo más vulnerable de su autoestima, pues le dolía sobremanera el percibirse como aquel fracasado típico que no puede más que autocomplacerse con una mano enjabonada e imágenes mentales de chicas que sabía que nunca iba a tener. Por ello, dejó de lado tales fantasías y se fijó la meta de darse gusto pensando sólo en muchachas que no estuvieran lejos de su alcance y a las que fuera factible que algún día se llevaría a la cama. Así, sus amigas y compañeras más sencillas y menos despampanantes se convirtieron en protagonistas de sus elucubraciones nocturnas, cuando Rigo gustaba de empujar la almohada con las caderas. Estas nuevas ilusiones lo satisfacían más y mejor, pues para él no se trataba ya de fantasías sino de planes, de acciones que en realidad pensaba llevar a cabo en cuanto tuviera la oportunidad de hacerlo.

    -¡Hola!- el saludo espontáneo y entusiasmado de Angélica, quien les sonreía con los labios pintados de violeta y los ojos delineados de negro, sacó a los muchachos de sus cavilaciones.

    -Hola, qué onda.- saludaron ellos a su vez, poniéndose de pie y recibiendo a su amiga con un beso.

    -¿Qué tal sus vacas?

    -Bien.- dijo Rigo.

    -Lo normal.- respondió Godo.

    -¿Qué creen?

    -¿Qué?- dijo Rigo, mientras Godo observaba de soslayo el conspicuo sostén de color naranja fosforescente que Angélica lucía bajo la blusa blanca del uniforme, y que hacía resaltar sus senos juguetones enclavados en su delgado torso.

    -Me puse un nuevo piercing.- y se llevó la mano a la curva más alta de su oreja, donde apenas se notaba una leve perforación rodeada por un enrojecimiento de la piel.

    -Órale.- dijo Godo.

    -Chido.- añadió Rigo risueño.

    -Pero pos obviamente no me dejan traerlo a la escuela.

    -Chale.

    -Sí, qué mal pedo.

    -También me pinté el pelo de rojo…- dijo señalando los remates puntiagudos de su excéntrico peinado -pero me lo tuve que despintar para poder venir a la escuela. ¡Mi jefa se puso como una loca!

    -Tsss.- fue toda la respuesta de Godo.

    -Ah…- dijo la chica, aburrida por la parca conversación de sus amigos -Bueno, me voy al salón. Ái nos estamos viendo.

    -Sas.- contestaron los otros dos al unísono.

    Hastiado de ver pasar los encantos de la vida, y consciente de que el timbre estaría a punto de sonar, Rigo le sugirió a Godo que se encaminaran al salón, y éste, al que le daba igual una cosa que la otra, accedió.

    Pegadas en la ventana de la oficina del director, estaban las listas que indicaban en qué salón estudiaría cada quien. Había cuatro salones para cada grado de preparatoria y Rigo sufría el mismo temor de todos los años: que lo asignaran a un salón en el que no estuviera ninguno de sus camaradas. Por su parte, Godo sólo insistía en articular su deseo de que en su salón hubiesen quedado algunas de las muchachas más guapas, a las que pudiera morbosear con alegría durante la clase, y hasta espiar por debajo de sus faldas cuando se agachara a recoger las plumas y lápices que inevitablemente se le caerían rodando del pupitre.

    Por fortuna, Rigo y Godo quedaron en el mismo salón, junto a algunos de sus mejores amigos, como Ádal, quien se pasó la primera hora de clase presumiendo su nueva iPad y la forma en la que había logrado piratear todos los juegos de moda para el PSP. También estaba Rubén, que había prometido contarles un chisme candente en cuanto tuvieran privacidad a la hora del recreo. Éste llegó tras cuatro aburridas e interminables horas de clase, y entonces los tres muchachos siguieron a Rubén hacia detrás de las gradas de la cancha de futbol.

    -Bueno, ¿nos lo vas a contar o no?- dijo Ádal impaciente.

    -Tranquiqui, monkiki.- dijo Rubén -Me estoy fijando que no haya moros en la costa…

    -¿Pos qué es, güey?- dijo Godo -¿A quién mataste?

    -A nadie, a nadie. Úchale, es que una historia tan wow, que no me la van a creer…

    -No podemos creerte si no nos dices nada.- dijo Rigo -¡Al grano, pues!

    -Bueno, bueno. Escuchen.- dijo Rubén y los demás chicos pararon la oreja -Estas vacaciones me fui dos semanas a Tabasco a visitar a mi familia. Tengo un primo, que se llama Fito, y que es como de la misma edad que yo, así que naturalmente anduve con él casi todo el tiempo. Bien, pues un día, me invitó a salir a dar el rol con unos amigos… ya saben, a pendejear por ahí, jugar maquinitas, fumar unos tabacos y uno que otro acto de vandalismo menor…

    -Ajá.- musitó Ádal, impaciente.

    -Y ahí estábamos ociociando en una esquina, cuando uno de los amigos de mi primo, un güey al que llaman “el Nelson”, nos dijo que tenía algo muy canijo que mostrarnos. Sacó de su bolsillo una cajita de cartón, como las de cerillos, pero totalmente blanca, sin imágenes ni letras. Abrió la cajita y nos mostró en ella un par de pastillitas, como aspirinas.

    -¿Y qué eran?- preguntó Godo.

    -Pues yo al principio me asusté; pensé “ay verga, este güey nos va a querer dar drogas”. Pero luego me imaginé que nada más nos estaba choreando. Le preguntamos cuál era el trip y nos dijo “Si le dan estas pastillas a cualquier vieja, se excita como loca; tanto, que ya no se puede controlar y termina cogiéndose a lo que se le ponga enfrente”. Obviamente, al principio no le creímos ni madres, por más que él nos jurara y perjurara que era verdad. Entonces dijo “¿No me creen? ¿Pos ahorita se lo voy a demostrar!”

    -¿Y qué hicieron?- preguntó Rigo.

    -¿Te dieron una, te excitaste y te cogieron entre todos?- dijo Ádal con muy mala leche.

    -Tu culo, cabrón.- respondió Rubén -Fuimos a casa de una amiga de ellos. Ella estaba sola porque sus papás trabajan toda la tarde (¡y el Nelson lo sabía muy bien!), pero como era muy amiga de mi primo y los demás, no le molestó que le cayéramos de sorpresa y nos recibió toda amable y buena onda. Nos sentamos ante la mesa del comedor y ella hasta nos sirvió refrescos a todos. Entonces Nelson le preguntó si no tenía papitas que les invitara para botanear, y la chava se levantó y se fue a la cocina a buscarlas. En eso Nelson echó las pastillas en la coca de la chava; las pastillas se deshicieron enseguida, como Alka Seltzers, y las burbujas no se notaron en la coca. Luego, luego regresó la chava con las papas, se sentó en la mesa, bebió su coca, y durante un ratito más estuvimos ahí comiendo, bebiendo y pendejeando.

    -¿Pero funcionó esa madre?- preguntó Rigo con mucho interés.

    -Pérate, a eso voy. Después de como diez minutos, yo ya estaba pensando que de verdad el Nelson sólo estaba de chorero, pero luego vi cómo la chava se empezaba a poner rara.

    -¿Cómo que “rara”?- preguntó Godo.

    -Como que se agitó de pronto. Empezó a sudar y a respirar fuerte, y no dejaba de acariciarse las piernas como si algo le picara. Poco a poco se puso muy roja, y tenía las pupilas de los ojos muy dilatadas, y hasta respiraba con la boca abierta, como jadeando. Parecía no darse cuenta de lo que estaba haciendo, porque con la misma abría y cerraba las piernas cada vez más rápido, y hasta se pasaba las manos por las tetas, como si no estuviéramos ahí. Además, se notaba que no estaba escuchando nada de lo que decíamos y no más se nos quedaba viendo raro. Y de pronto, cuando nadie se lo esperaba, se tiró al piso y gimió “Quiero… ¡quiero sexo!” y así como así se bajó el pantalón con todo y panti, y se empezó a dedear ahí mismo, delante de todos. Nos quedamos así de “no mames”.

    -¿Y qué pedo? ¿Se la cogieron?- preguntó Godo.

    -¿Qué? ¡No! No mames. Nos fuimos de ahí enseguida y dejamos a la chava sola en su casa…

    -¡¿Por qué?!- exclamó Godo.

    -Pues pa’ empezar, estaba bien federica la chava…

    -¡Coño! ¿Y por qué no escogieron una que estuviera muy buenota para darle esas pastillas?- dijo Godo.

    -Pos precisamente por eso, pinche loco. Para que no nos fuéramos a poner pendejos y termináramos cogiendo con ella.

    -¡Eso no tiene el menor y más puto sentido!- gritó Godo llevándose las manos a la cabeza y dando una patada al aire.

    -Sí tiene.- dijo Ádal -Los hombres no necesitan drogas para ponerse estúpidos con el sexo. Hicieron bien.

    -Pe-pero… ¡Güey, imagínate poder poner cachonda a la vieja que quieras!- gimió Godo -¡Piensa en las posibilidades!

    Ádal lo miró casi con asco -Pfff. Allá tú si sientes que necesitas drogar a una chica para que te haga caso…

    -No dije que lo necesite.- se defendió Godo -Sólo digo que así es más fácil y rápido…

    -Chale.- fue lo único que contestó Ádal.

    Rigo, por su parte, se había quedado estupefacto. La historia le provocaba muchas sensaciones al mismo tiempo; le daba celos que Rubén hubiese vivido algo así; le estimulaba imaginarse a la chica que se había puesto tan loca por el deseo que se había tirado al piso para masturbarse en público; le excitaba aún más la imagen de otras chavas que él conocía, poniéndose así de cachondas bajo los efectos de la sustancia; le asustaba que existiera una droga como ésa; le repugnaba moralmente que pudiera ser usada para hacerle daño a las mujeres; le intrigaba averiguar si en verdad funcionaba, y lo esperanzaba la idea de que él mismo pudiera usarla. Rigo estaba tan absorto en estas digresiones, que se perdió por completo del acalorado debate que se entabló entre Ádal y Godo. Al final, el sonido del timbre que llamaba de regreso a clases obligó a Rigo a volver al presente.

    -¡Bah, tú qué sabes! ¡Las únicas mujeres que has tenido son chicas manga!- exclamó Godo para poner fin a una discusión en la que Ádal no quería participar más, pues era claro que no iba a llevarlos a ningún lado.

    Los chicos regresaron a su salón, pero no pudieron continuar su plática, pues el maestro de la siguiente clase les asignó asientos muy distantes el uno del otro, y tuvieron que esperar hasta la hora de la salida para reencontrarse. Como los padres de Rubén siempre pasaban a recogerlo temprano, los demás chicos ni siquiera tuvieron la oportunidad de profundizar más en el asunto. Antes de que Rubén subiera al auto de sus padres, Rigo alcanzó a preguntarle:

    -¿Y te dijeron cómo se llamaba esa onda?

    Rubén acercó su rostro a la oreja de su amigo y susurró casi de forma imperceptible: -Yumbina.

    Mientras Rubén saltaba dentro del carro, esas tres sílabas reverberaron en la mente de Rigo.

    -Bueno,- dijo él, volviendo con Ádal y Godo, que esperaban a sus respectivos padres apoyados en una barda -¿Qué opinan de la historia de Rubén?

    -Es puro choro.- dijo Ádal -Como todo lo que dice ese vato.

    -Pues yo creo que valdría la pena hacer el experimento.- sugirió Godo y sus ojos brillaron.

    -Pfff.- bufó Ádal -Dejémonos de pendejadas y salgamos de la duda de una vez por todas.- y dicho esto sacó su iPhone y con ágiles movimientos dactilares, en cuestión de segundos estuvo conectado a Wikipedia -¿Cómo te dijo que se llamaba esa madre? A ver… “Yumbina o Yohimbina, es un alcaloide encontrado naturalmente en las plantas Pausinystalia yohimbe y Rauwolfia serpentina… Tradicionalmente usado por sus supuestas propiedades afrodisiacas… Eficaz en el tratamiento de la disfunción eréctil… Efectos secundarios incluyen irritación, estrés y ansiedad… En las mujeres produce irritación de los genitales, consecuencia de un aumento de la concentración sanguínea en esa zona…” Ahí está, no dice nada sobre excitar a las mujeres hasta ponerlas locas. Puro choro, decía yo.

    -Mmmm, no me la creo.- dijo Godo -Cualquiera podría escribir en Wikipedia…

    -¡A huevo!- dijo Ádal rodando los ojos -En cambio Rubén es una fuente completamente confiable…

    -Pos yo sí le creo a mis cuates, no soy un pinche desconfiado.

    -Tú quieres creer en esa mamada porque tienes todas tus esperanzas puestas en que con esa madre por fin vas a coger.

    Otra discusión estaba a punto de desatarse entre Ádal y Godo cuando Rigo intervino -Quizá se equivocó con el nombre, o a lo mejor se lo dijeron mal…

    -¡Eso!- añadió Godo.

    -Bueno, allá ustedes con sus fantasías.- dijo Ádal -Ya me voy. Ái nos vemos mañana, ilusos.

    Rigo y Godo se quedaron solos un rato antes de que pasaran a recogerlos. Rigo dedicó su tarde a hacer las tareas que sus profesores habían tenido el imperdonable desatino de marcarle el primer día de clases; después volvió a la escuela para el entrenamiento de básquetbol, y al fin, después de cenar y bañarse, su madre le dio permiso de conectarse a Internet para chatear, tuitear y feisbuquear hasta que llegara la hora de dormir.

    Esa noche, en su cama, Rigo tuvo una fantasía en la que, por improbables circunstancias, se veía solo en una gran fiesta con las chicas más guapas de la escuela. Ahí, de forma clandestina, se las arreglaba para echar una gran cantidad de yumbina en el ponche; todas las chicas bebían y en cuestión de minutos se volvían locas, desesperadas por tener sexo con él. Se visualizó teniendo sexo con todas ellas, una tras otra, en las posiciones que, según él, más le acomodaban al físico y la personalidad de cada una: la nalgonzona, de perrito; la piernuda, de catapulta; la tetona, de cucharita; la mamona insoportable del tercero A merecía ser sodomizada… Se imaginó nadando en un océano de cuerpos femeninos deseables y deseosos, y casi pudo percibir el torrente de sensaciones, olores y sabores que todas esas féminas dejarían al alcance de sus sentidos… todo mientras se acariciaba la erección por encima del bóxer. Poco a poco la fantasía empezó a perder coherencia, los pensamientos de Rigo divagaron hacia otros temas y, sin darse cuenta, se quedó dormido.


    _______________________________________________


    Continúa en el Capítulo II
    Capítulo III
    Capítulo IV: Final(aquí es donde se pone buena la cosa).
    Editado por Viajero Astral en 20-feb-2013 a las 02:38

  14. #29
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    En este caso es un cuento que no puedo dejar de escuchar


  15. #30
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    Mi favorito de Poe.

    La máscara de la muerte roja

    La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
    Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.

    Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

    Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y las paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.

    A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.

    Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.

    Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.

    Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.

    Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesación angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.

    Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.

    -¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!

    Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.

    Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.

    Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

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