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  1. #1
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    Ico30 Artes Cuentos que no puedes dejar de leer.

    Dejo este link donde pueden encontrar cuentos de consagrados:

    http://www.ciudadseva.com

    Otros los sacaré de bibliotecas virtuales, como ésta:

    http://hansi.libroz.com.ar/
    Editado por Enrique Anderson en 12-oct-2007 a las 01:04

  2. #2
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    Predeterminado

    Este lo tienen que leer. Es algo pesado al principio pero es una joya.

    Yo tengo una amiga que tiene tatuada en la espalda, con letras grandes, una frase de este cuento.

    http://www.ciudadseva.com/textos/cue...e/bartleby.htm

  3. #3
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    vengo del utero de tu mamá
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    Predeterminado

    el patito feo
    el principuto
    los tres cochinitos
    piter porn
    la cenisprieta
    pingorocho ( en esta version le crece ota cosa )
    los 7 elfos

  4. #4
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    Predeterminado

    El loco.

    En el jardín de un hospicio conocí a un joven de rostro pálido y hermoso, allí internado.

    Y sentándome junto a él sobre el banco, le pregunté:

    -¿Por qué estás aquí?

    Me miró asombrado y respondió:

    -Es una pregunta inadecuada; sin embargo, contestaré. Mi padre quiso hacer de mí una reproducción de sí mismo; también mi tío. Mi madre deseaba que fuera la imagen de su ilustre padre. Mi hermana mostraba a su esposo navegante como el ejemplo perfecto a seguir. Mi hermano pensaba que debía ser como él, un excelente atleta. Y mis profesores, como el doctor de filosofía, el de música y el de lógica, ellos también fueron terminantes, y cada uno quiso que fuera el reflejo de sus propios rostros en un espejo. Por eso vine a este lugar. Lo encontré más sano. Al menos puedo ser yo mismo.

    Enseguida se volvió hacia mí y dijo:

    -Pero dime, ¿te condujeron a este lugar la educación y el buen consejo?

    -No, soy un visitante -respondí.

    -Oh -añadió el- tú eres uno de los que vive en el hospicio del otro lado de la pared.



    Gibrán Jalil Gibrán

  5. #5
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    603


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    Predeterminado

    http://ficticia.com/cuentos/rosabeltranchinos.html

    El excelente cuento Manual de ayuda para chinos de mi sensei Rosa Beltrán... a quienes hayan andado rondando por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM no les resultará tan desconocida.

    Sea como sea, que lo disfruten.

  6. #6
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    Atrapar al colibrí
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    Predeterminado

    En mi blog siempre posteo muchos cuentos que me han agradado y los sigo leyendo cada que me los encuentro. El último fue este de Bukowski.

    HACIA ARRIBA SIN ALAS

    Estaba sentado en un taburete del 8-Count, sin pensar en nada en particular, como por ejemplo que hacia yo alli bebiendo whisky con agua. Quizá sería porque Marie se pasaba todo el día protestando porque yo quería ir a cllases de vuelo. Aunque ella siempre estaba protestando por algo. No me malinterpreten, ella era un alma mas o menos buena, pero el mundo está lleno de almas mas o menos buenas y mira donde estamos: siempre sentados en el último segundo de cada minuto. Bueno, ya se sabe. De todas formas, era tarde y yo estaba sentado junto a aquel tipo mayor que llevava un jersey de cuello vuelto naranja y pantalones cortos. De vez en cuando me miraba y sonreia, pero yo no le hacía caso. Realmente no tenía ningunas ganas de escuchar ninguna conversación tipica de barra. Qiero decir que cuando se está sentado sobre el último segundo de cada minuto, lo mejor es evitar las chorradas. El tiempo es oro ¿no?, pero aquel tipo no pudo aguantar mas. Por fin habló; y me hablo a mi.

    - pareces preocupado por algo, dijo
    - Asi es -contesté.
    - ¿Que te pasa? -preguntó.

    Lo miré. Era uno de esos tipos con los ojos realmente juntos. Uno sentía ganas de estirar el brazo y separarlos un poco.

    - Quiero volar y no sé.
    -Y ¿Por qué no?
    -¿Que por que no?. ¡Primero tengo que ir a clase!
    -Yo sé volar, dijo el viejo, y nunca he ido a clase.
    Hice una señal al camarero para que me trajese otro whisky con agua y una cerveza para el viejo. Estaba bebiendo cerveza de barril. Quizá fuese eso lo que le había puesto los ojos tan juntos: la cerveza joven y barata.
    - E difícil creer eso de que sabes volar y sin haber ido nunca a clase -dije.
    - Puede contartelo, si quieres escucharme -suguirió.
    - Supongo que no me queda otra salida ¿no? -pregunté.
    Sonrió.
    -Bueno -dije medio dudando- oigamos eso.

    De todas formas no había ninguna mujer en el bar y no había nada en la tele excepto el nuevo presidente, sonriendo levemente, con un tic de cabeza algo demencial, que intentaba ser una buena persona, como el presidente anterior, y hablaba de algo que había salido mal pero decia que,de todas formas, ahora iba bien.

    -Empezó-arrancó diciendo el viejo- cuando yo tenía alrededor de cinco años. Un sábado por la tarde yo estaba sentado en mi habitación y los otro niños estaban jugando por ahí y mis padres se habían ido ...
    - ¿Y descubriste que tenías pilila?
    -Oh, no, eso ocurrió mucho tiempo después. Déjame continuar, por favor ...
    - Claro, claro.
    - Yo estaba sentado en mi cama, mirando por la ventana hacia el patio. Mis pensamientos eran inconscientes, apenas elaborados.
    - Empezaste pronto ...
    - Si, eso es lo que estoy intentando contarte. Yo estaba allí sentado se poso una mosca en la mano. En la mano derecha ...
    - ¿Ah, si?
    - Si era una mosca particularmente fea: gorda, ignorante, hostil. Agité la mano para que se fuese. Se alzó 2 ó 3 centimetros, se puso a zumbar y entonces con un sonido realmente horrible, volvió a aterrizar en mi mano y me pico ...
    - ¡No me jodas!
    - Si, así fue, espante la mosca y se puso a volar por la habitación, girando y haciendo un ruido furioso y posesivo. La mano me escocia muchisimo. Yo no tenía ni idea de que la picadura de la mosca pudiese ser tan dolorosa.
    - Oye -le dije al viejo-, tengo que irme a casa. Tengo una mujer como una rana que se hincha y me salta encima.
    El tipo actuó como si no me hubiese oido.
    - ... De todos modos, yo odiaba aquella mosca, su sorprendente falta de miedo, su arrogancia de insecto, su zumbante ignorancia ...
    - Lo que necesitabas era un mata moscas
    - ... Nada en absoluto para doblegarla. Para quitarla de enmedio. ¡Como odiaba a aquella mosca!. Sentia que no tenía derecho a actuar así. Yo quería matarla porque en esencia ella quería matarme a mi.
    - Todo está permitido en el amor y en las moscas.
    - Observé la mosca. La vi posarse en el techo, luego andar cabeza abajo. Se sentia tan segura y tan superior. Mirando aquella mosca que andaba de un lado para otro me fui poniendo cada vez mas furioso. Tenía que matar aquella mosca. En la grieta mas profunda de di mi alma senti esa terrible necesidad de destrozar aquella mosca. Empezó a temblarme todo el cuerpo, a vibrar. Entonces sentí como si mi cuerpo se cargase de electricidad y luego ¡Un fogonazo de luz blanca!
    - ¡Si que te afectó aquella mosca!
    - ... y entonces sentí que mi cuerpo se elevaba, se elevaba. Flote hasta el techo, mi mano salió disparada y aplastó a la mosca con la palma de mi mano. Estaba sorprendido por la velocidad de la acción. Y entonces senti, que lentamente, era devuelto al suelo y depositado allí.
    - ¿Y que paso entonces, abuelo?
    - Fui al cuarto de baño y me lave las manos. Después salí y me senté en la cama.
    - Supongo que las moscas no habrán vuelto a meterse contigo después de eso ...
    - No, no lo han hecho. Pero mientras estaba allí setado en la cama, intenté volar otra vez y no pude. Lo intenté una y otra vez y no pude.
    - ¿No será que necesitas una picadura de mosca para que se te encienda el cohete?
    - Intenté volar una y otra vez, me esforcé todo lo que pude, pero no hubo caso. Yo sentí que había pasado realmente, pero después de un rato empecé a pensar que quizá lo había imaginado, que quizá había enloquecido durante unos momentos.
    - ¿Y como te sientes ahora mismo?
    - Oh, estoy muy bien e insisto en invitarte a otra copa.
    ¿Otra copa?. Pensé en aquello. La primera no la había pagado él. Pero tal vez era cuestión de semantica.
    - Muy bien -dije.

    Asi que llegaron las bebidas y nos quedamos allí sentados, sin hablar. Una vez conocí a un tipo en un bar que afirmaba que se comía su propia carne, así que de las charlas en general aceptaba bastante y descartaba bastante.
    Entonces el viejo empezó otra vez.

    - Bueno, después de un cierto tiempo me olvidé de todo el asunto, pero entonces volvió a pasar.
    - ¿Te picó otra mosca?.
    - No, era el último curso en el colegio, en Ohio. Yo era defensa izquierdo reserva. Era el último partido de la temporada y yo estaba allí porque el chico que jugaba de titular estaba lesionado. Pero había algo importante, jugabamos contra nuestro mas odiados rivales, unos mamones ricos de la parte bien de la ciudad. O sea, que eran unos verdaderosa chulos. En serio. Vencerlos era mas importante para nosotros que ligar, y eso que nunca o muy rara vez ligábamos porque aquellos ricachones siempre andaban follandose a nuestras chicas.Vencerlos en el campo de juego era la única forma en que podíamos tomarnos la revancha. Soñabamos con eso noche y día. Significaba todo.
    Bueno, pensé, ahora pasaremos de odiar a las moscas a odiar a los seres humanos. Ambos son difíciles de soportar.
    - El partido estaba en su momento clave, perdiamos por 21 a 16 y quedaban y quedaban sólo 30 segundos y ellos estaban a 12 metros de nuestra línea de meta. Podían ganarnos sin arriesgarse, haciendo tiempo, pero lo que querían era incordiar. No les bastaba con follarse a nuestras chicas, querían además marcarnos otro tanto.
    - Demasiado.
    - Si, así que el quarterback retrocede para tirar, es un verdadero capullo, tiene un cadillac amarillo, entonces lanza el balón haciendo una espiral, uno de nuestros defensas lo toca con la punta de los dedos en la línea de meta y el balón sale volando en el momento en que pitan el final del partido. Yo estaba en el area de meta porque me habían empujado y me había caído de culo, y cuando me estoy levantando veo el balón venir hacia mi. Lo cojo y empiezó a correr. Estoy totalmente rodeado por los chulos. Comienzan a encerrarme. No puedo hacer nada. Vienen hacia mi. Todos esos chicos que han estado metiendosela a nuestras chicas. Me invade una furia cegadora. En el momento que saltan para aplastarme con un placaje masivo, empiezo a sentir que ¡me estoy elevando¡, ¡estoy suspendido en el aire!. Tengo el balón y vuelo hacia su linea de meta. Aterrizó en su meta y ¡Ganamos el partido!.
    - Tengo que decirte algo, -le dije al viejo-. Eres el mayor embustero que he conocido en mi vida.
    - No te estoy mintiendo.
    - Venga ya -dije.-. No he oido nunca hablar de eso. Ni yo ni nadie. Hubiese salido en todos los periodicos. ¡Se hubiese sabido en todo el mundo!.
    - Ocurrió en una ciudad muy pequeñita. Lo ocultaron. Lo silenciaron, lo enterraron para siempre. Sobornaron a la gente.
    - Nadie podría tapar una cosa así.
    El viejo señalo con la cabeza hacia un reservado. Nos acercamos y nos sentamos. Era mi turno de pagar las bebidas. Le hice una seña al camarero.
    - Dos mas. -le dije cuando se acercó-, para cada uno.
    El viejo no habló hasta que llegaron los vasos y el camarero regresó a la barra.
    - El gobierno -dijó, alzando una de aquellas horribles cervezas jovenes y bebiendose casi todo el vaso-. Fue el gobierno.
    - ¿Ah, si?
    - Querían el secreto, pero yo no lo tenía. Nos hubiera proporcionado el arma secreta mas poderosa de todos los tiempos. Una casi imbencible. Me ometieron a un terrible interrogatorio, interminable, pero yo, sencillamente no lo sabía. Mientras tant, se ocultó todo sobre el partido de futbol. No sé como influiría en la vida de las trescientas ó cuatrocientas personas que lo presenciaron, pero supongo que es algo que recordaran hasta el día de su muerte.

    Vacie mi primer vaso.

    - ¿Sabes, abuelo, que lo que me cuentas suena convincente?. Estoy a punto de creerte.
    - No tienes que hacerlo. -respondió-. Es solo porque has mencionado eso de que querías volar. Ya llevo algunas copas encima y eso me ha hecho recordar.
    - Está bien -dije-, pero sigo queriendo volar.
    - Yo puedo enseñarte, -dijo el viejo, inclinandose hacia adelante-. Al final lo descubrí.
    - Sabes una cosa -dije- no pienso pagar por eso.
    - Es gratis.
    - Muy bien -dije-, enseñame.
    Me miró por encima de su cerveza con aquellos ojos.
    - Antes de nada, tienes que creer.
    - Eso es difícil.
    - A veces. Y después, cuando ya estes listo para volar, tienes que hacer esto, mirame las manos. Haz esto.
    - ¿Esto?
    - Muy bien. Ahora coje aire y pon los ojos en blanco. Entonces piensa en lo peor que te ha pasado en toda tu vida.
    - Hay tantas cosas ...
    - Ya lo sé, pero elige la peor.
    - Vale, ya lo tengo.
    - Ahora di SOLZIMER y te ¡elevarás!
    - SOLZIMER -dije.
    Segui allí sentado.
    - Eh, abuelo, no pasa nada.
    - Pasará, pero lleva un poco de tiempo y práctica.
    - Oye, abuelo, ¿cómo te llamas?.
    - Benny.
    - Bueno Benny, yo soy Hank. Y tengo que decirte que hacia mucho tiempo que no oía una mentira tan bien contada. O estás loco de verdad o eres el gracioso número uno de todos los tiempos.
    - Encantado de conocerte, Hank. Pero ahora tengo que irme. Soy conductor de autobuses, es mi último año y tengo que hacer el recorrido de las 6.30 de la mañana, así que para mi es tarde.
    - Yo no tengo trabajo, Benny, pero me voy a beber la última copa a casa, así que saldré contigo.

    Fuera hacía una noche bastante bonita, la luna llena con la niebla que iba cayendo. Las prostitutas se la mamaban a tipos en coches aparcados y en callejones. Mi habitación estaba justo a la vuelta de la esquina, un policia enorme, surgió de la niebla. ¡Lo que faltaba! y pareciá como si le viniesemos bien.

    - Eh, vosotros, chicos, parece que no teneis mucha estabilidad, -dijo-. Creo que lo mejor será que vengais los dos conmigo hasta que os sequeis. ¿Qué os parece?.
    -SOLZIMER -dijo Benny- y comenzó a elevarse.
    Flotó hacia arriba, justo frente al policía, siguió elevandose y paso por encima del Bank of America. Después se alejó velozmente.
    - Me cago en ... -susurro el policía-, ¿has visto eso?
    -SOLZIMER-dije.

    No pasó nada.

    - Oye -me pregunto el enorme policía-. ¿Tu no estabas con un tipo?.
    -SOLZIMER- dije.
    - Muy bien -dijo- acabo de ver ese tal Solzimer despegando rumbo al espacio. ¿No lo has visto?.
    - Yo no visto nada.
    - Muy bien, ¿Como te llamas?.
    - SOLZIMER -dije.

    Y entonces empezó a pasar. Sentí que me estaba elevando, ¡Elevando!

    - ¡Eh! ¡Vuelve aquí! -grito el policía.

    Yo seguía subiendo. Era maravilloso. Yo también pasé por encima del edificio del Bank of America. El viejo no me habia mentido, aunque sus ojos estuviesen demasiado juntos. Allí arriba hacía un poco de frío. Pero seguí flotando. Cuando le contase a los chicos lo de esta noche, lo que le había pasado a este borracho, no me creerían. Que mierda. Viré empicado hacia la izquierda y sobrevole la autopista del puerto, solo para comprobar el funcionamiento. Parecia lento, pero de todos modos yo estaba muy satisfecho de la vida en general.

  7. #7
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    marzo-2007
    Vengo de
    por allá
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    Predeterminado

    a mí el cuento que me encantó cuando lo leí en la prepa fue el de "La Mujer India", de Bram Stoker. Ahorita lo busco a ver si lo encuentro completo



    EDIT: aquí está, bastante largo pero ALTAMENTE RECOMENDABLE


    LA MUJER INDIA
    BRAM STOKER

    En aquella época, Nuremberg no era tan visitada como desde entonces lo ha sido. Irving no había estado representando el Fausto, y el nombre de la antigua ciudad era apenas conocido por la gran masa de los turistas. Mi esposa y yo nos encontrábamos en la segunda semana de nuestra luna de miel, y, naturalmente, estábamos deseando que alguien se nos uniera; de modo que cuando el jovial extranjero, Elías P. Hutcheson, procedente de Isthmain City, Bleeding Gulch, Maple Tree Country, Nebraska, coincidió con nosotros en la estación de Francfort y comentó casualmente que iba a visitar la más matusalénica de las ciudades de Europa, y que opinaba que viajar tanto tiempo solo era algo capaz de enviar a un inteligente y activo ciudadano a la melancólica tutela de una casa de orates, nos apresuramos a recoger la sugerencia y, por nuestra parte, le propusimos unir nuestras fuerzas.
    Cuando más tarde comparamos las notas de viaje que habíamos hecho, descubrimos que cada uno de nosotros había tratado de hablar con cierta indiferencia, a fin de no aparecer demasiado ansiosos, ya que ello no hubiera resultado un cumplido precisamente para nuestra vida de recién casados; pero el efecto quedó completamente estropeado por el hecho que ambos empezamos a hablar al mismo tiempo..., nos detuvimos simultáneamente y así vuelta a empezar. De todos modos, no importa cómo, el asunto resultó, y Elías P. Hutcheson se convirtió en miembro de nuestro grupo. Desde luego, Amelia y yo encontramos beneficioso el cambio; en vez de pelearnos continuamente, como habíamos estado haciendo, descubrimos que la influencia coercitiva de un tercer elemento era tal, que no hacíamos más que buscar una ocasión de encontrarnos a solas en algún rincón. Amelia dice que desde entonces, como resultado de aquella experiencia, aconseja a todas sus amigas que se lleven a algún conocido en su viaje de novios. Bueno, «hicimos» Nuremberg juntos, y gozamos lo indecible con la charla y los comentarios de nuestro amigo transatlántico, el cual, a juzgar por lo que contaba, había corrido suficientes aventuras como para llenar una extensísima novela. En nuestro recorrido por la ciudad guardamos para el final la visita al castillo, y el día señalado para aquella visita dimos la vuelta a la muralla exterior de la ciudad por el lado oriental.
    El castillo está edificado sobre una roca que domina la ciudad, y en su parte septentrional está defendido por un foso muy profundo. Nuremberg ha tenido la suerte de no haber sido saqueada nunca; de no ser por esta circunstancia es evidente que no estaría tan flamante como está ahora. El foso no había sido utilizado durante siglos, y en la actualidad su base está llena de jardines y de huertos, algunos de cuyos árboles han alcanzado un respetable tamaño. Mientras andábamos alrededor de la muralla, acariciados por el cálido sol de julio, nos deteníamos a menudo para contemplar los panoramas que se extendían ante nosotros, y de un modo especial la gran llanura cubierta de torres y de aldeas y bordeada de una azulada línea de colinas, como un paisaje de Claude Lorraine. Desde allí, nuestra mirada se dirigía siempre con nuevo deleite a la propia ciudad, con sus miradas de fantásticos aleros y sus tejados rojos, moteados de buhardillas, hilera sobre hilera. A nuestra derecha se erguían las torres del castillo, y todavía más cerca, con su aspecto impresionante, la Torre de la Tortura, la cual era, y es, quizás, el lugar más interesante de la ciudad. Durante siglos, la tradición de la Virgen de Hierro de Nuremberg ha sido citada como ejemplo de los abismos de crueldad de los que es capaz el hombre; era una de las cosas que más nos habían atraído antes de emprender el viaje; y al final la teníamos al alcance de nuestra mano como quien dice.
    En una de nuestras pausas nos inclinamos sobre la muralla de la fortificación y miramos hacia abajo. El jardín parecía encontrarse a unos quince metros debajo de nosotros, y el sol caía de lleno en él calentándolo como un gigantesco embudo. El calor ascendía hasta nosotros, aumentando nuestra modorra, y resultaba muy agradable permanecer allí, holgazaneando, apoyados en la muralla. Además, inmediatamente debajo de nosotros, había un agradable espectáculo: una enorme gata negra tendida al sol, mientras a su alrededor retozaba alegremente un gatito negro. La madre agitaba su cola para que el gatito jugara con ella, o alzaba sus patas y empujaba al pequeño como estimulándole en sus juegos. Estaban al pie mismo de la muralla, y Elías P. Hutcheson, deseando compartir el juego, se inclinó a recoger del suelo una piedra de regular tamaño.
    —¡Miren! —dijo—. Voy a dejar caer esta piedra cerca del gatito, y madre e hijo se preguntarán de dónde les ha llovido.
    —¡Oh, tenga cuidado! —dijo mi esposa—. ¡Puede usted tocar al pequeñín!
    —Ni pensarlo, señora —dijo Elías P. —. Aquí donde me ve, soy tan tierno como un cerezo del Maine. Dios sabe que no le causaría ningún daño a ese gatito, del mismo modo que no escalparía a un niño... Mire, voy a tirarla lejos de la muralla, para que no caiga demasiado cerca de los animalitos.
    Se inclinó sobre la muralla, alargó el brazo todo lo que pudo y dejó caer la piedra. Es posible que exista una fuerza de atracción que arrastre la materia mayor hacia la menor; o más probablemente que la muralla no fuera completamente vertical, sino algo saliente en la base: desde arriba no podíamos apreciar la inclinación. Lo cierto es que la piedra cayó directamente sobre la cabeza del gatito, con un horrible chasquido que llegó hasta nosotros a través del cálido aire, esparciendo sus pequeños sesos por el suelo. La gata negra dirigió una rápida mirada hacia arriba, y vimos sus ojos como fuego verde clavarse un instante en Elías P. Hutcheson; luego su atención se volvió hacia el gatito, el cual yacía inmóvil, agitando únicamente y a intervalos sus diminutos miembros, mientras un delgado arroyuelo rojo fluía de su herida. Profiriendo lastimeros maullidos, que recordaban los lamentos de un ser humano, la gata se inclinó sobre su hijo, lamiendo su herida, sin dejar de maullar.
    De repente pareció darse cuenta que estaba muerto, y de nuevo alzó sus ojos hacia nosotros. Nunca olvidaré aquel espectáculo, ya que la gata parecía la perfecta encarnación del odio. Sus ojos verdes ardieron con un fuego cárdeno, y los blancos y agudos dientes casi brillaron a través de la sangre que manchaba su boca y sus bigotes. Rechinó los dientes y extendió las patas delanteras mostrando sus garras en toda su longitud. Luego dio un salto salvaje, encaramándose por la muralla, como si quisiera llegar hasta nosotros, pero cuando terminó el impulso cayó hacia atrás, y su aspecto se hizo todavía más horripilante, ya que cayó sobre el cadáver del gatito, y se levantó con la piel de la espalda manchada de sesos y de sangre. Amelia estuvo a punto de desmayarse, y tuve que arrastrarla fuera de la muralla. Había un banco cerca de allí, a la sombra de un plátano silvestre, y la senté en él mientras se recobraba. Luego me acerqué de nuevo a Hutcheson, que seguía en el mismo sitio, contemplando al rabioso animal.
    Cuando me reuní con él, dijo:
    —Bueno, creo que es la bestia más salvaje que he visto en mi vida..., a excepción de una mujer india, una apache, que le tomó un odio mortal a un mestizo apodado Splinters, quien le había robado a su hijo en una incursión, sólo para demostrarle al niño que tenía en cuenta lo que los indios habían hecho con su madre, sometiéndola a la tortura del fuego. La mujer siguió a Splinters durante más de tres años, hasta que consiguió tenderle una emboscada. Dicen que ningún hombre, blanco o mestizo, ha tardado tanto en morir bajo las torturas de los apaches. Llegué al campamento en el momento en que Splinters entregaba su alma a Dios, y no lamentaba hacerlo. Era un hombre duro, y aunque yo no volví a estrechar su mano después de aquel asunto del niño, ya que fue algo horrible, y Splinters debió portarse como un hombre blanco, ya que su aspecto era de blanco, creo que lo pagó con creces.
    Mientras estaba hablando, la gata continuaba en sus frenéticos esfuerzos por encaramarse por la pared. Tomaba impulso y saltaba hacia delante, alcanzando a veces una increíble altura. No parecía importarle la pesada caída que seguía a cada una de sus tentativas, y cada vez volvía a empezar con renovado vigor. Y a cada caída su aspecto se hacía más horrible. Hutcheson era un hombre bondadoso —mi esposa y yo lo habíamos visto mostrarse cariñoso con los animales, lo mismo que con las personas—, y parecía muy afectado por la rabiosa actitud de la gata.
    —¡Vaya! —exclamó—. El pobre animalito está desesperado. Vamos, vamos, minino, no te lo tomes así... Fue un accidente, y todo esto no servirá para devolverte a tu pequeño. ¡Que haya tenido que sucederme esto a mí! Para que vea a lo que puede conducir un juego, al parecer inofensivo...
    Parece que estoy condenado a no poder jugar, ni siquiera con un gato. Oiga, coronel —tenía la divertida costumbre de endosarle títulos a todo el mundo—, espero que su esposa no me guardará rencor por lo que ha sucedido... Yo soy el primero en lamentarlo, y muy de veras.
    Se acercó al lugar donde estaba Amelia y se disculpó calurosamente, y ella, con su habitual bondad, se apresuró a tranquilizarlo, diciéndole que comprendía que había sido un accidente. A continuación nos acercamos de nuevo a la muralla y miramos hacia abajo.
    La gata, al perder de vista el rostro de Hutcheson, había retrocedido unos pasos y estaba sentada sobre sus patas traseras, como disponiéndose a saltar. En efecto, en cuanto volvió a verlo saltó, con un furor irracional y ciego, que hubiera sido cómico, quizás, en otras circunstancias, pero que en aquellos momentos resultaba espantoso. Esta vez no trató de trepar por la muralla, sino que botó sobre sí misma como si el odio y la rabia pudieran prestarle alas para volar hasta nosotros. Amelia, mujer al fin, estaba muy preocupada, y le dijo a Elías P. en tono de advertencia:
    —¡Oh! Tenga usted mucho cuidado. Ese animal trataría de matarlo, si estuviera aquí. En sus ojos hay un brillo asesino.
    Nuestro compañero se echó a reír jovialmente.
    —Discúlpeme, señora —dijo—, pero no he podido contener la risa. ¡Imaginar a un hombre que ha luchado contra los indios y contra los osos, asesinado por un gato!
    Cuando la gata le oyó reír, su conducta pareció cambiar. Ya no trató de encaramarse por la muralla, ni botó sobre sí misma, sino que se tranquilizó súbitamente, y sentándose de nuevo junto al gatito muerto empezó a lamerlo y a acariciarlo como si estuviera vivo.
    —¡Miren! —dije—. El efecto de un hombre realmente fuerte. Incluso ese animal, en medio de su
    furia, reconoce la voz de un dueño y se inclina ante él...
    —Igual que una mujer india —fue el único comentario de Elías P. Hutcheson, mientras proseguíamos nuestro camino alrededor del foso.
    De cuando en cuando, nos asomábamos a la muralla y cada vez veíamos a la gata que nos estaba siguiendo. Al principio dejó atrás al gatito muerto, pero cuando la distancia se hizo mayor fue en busca de él, lo tomó entre sus dientes y continuó siguiéndonos. Al cabo de un rato, sin embargo, lo abandonó, ya que vimos que nos seguía sola; seguramente había ocultado el cadáver en alguna parte.
    Los temores de Amelia aumentaron ante la insistencia de la gata, y repitió su advertencia más de una vez; pero el norteamericano seguía tomándoselo a risa, hasta que al final, viendo que mi esposa estaba realmente preocupada, le dijo:
    —Le aseguro, señora, que no tiene por qué preocuparse por ese animal. De haberlo imaginado...
    —Palmeó la pistolera que llevaba en la cadera—. De haber sabido que iba a tomárselo de este modo, allí mismo hubiera matado a esa gata, arriesgándome a la intervención de la policía por haber quebrantado la ley que prohibe llevar armas de fuego. —Mientras hablaba, miró por encima de la muralla, pero la gata, al verlo, retrocedió, con un maullido, hasta un lecho de altas flores y quedó oculta. El norteamericano continuó—: Que me empalen si ese bicho no sabe más lo que le conviene que la mayoría de los cristianos... Estoy seguro que no volveremos a verlo. Puede usted apostar lo que quiera a que ahora se marchará en busca de su hijo muerto para enterrarlo en privado.
    Amelia se calló, para evitar que nuestro compañero, con la intención de tranquilizarla, cumpliera su amenaza de disparar contra la gata. De modo que continuamos nuestro paseo y cruzamos el pequeño puente de madera que conducía al camino pavimentado que se extendía entre el castillo y la pentagonal Torre de la Tortura. Mientras cruzábamos el puente vimos de nuevo a la gata debajo de
    nosotros. Cuando el animal nos vio pareció despertar de nuevo su furor, y realizó frenéticos esfuerzos para trepar por la muralla sobre la cual discurría el puente. Hutcheson se echó a reír al mirar hacia abajo y ver a la gata, y dijo:
    —¡Adiós, vieja niña! ¡Lamento haber lastimado tus sentimientos, pero lo olvidarás con el tiempo! ¡Adiós!
    Y entonces atravesamos el largo y mal alumbrado pasaje abovedado y llegamos al portillo del castillo.
    Cuando salimos de allí, después de haber visitado el más hermoso de los lugares antiguos —un lugar que ni siquiera los bienintencionados esfuerzos de los restauradores góticos durante cuarenta años han sido capaces de estropear—, parecíamos haber olvidado por completo el desagradable episodio de la mañana. El viejo limonero, con su tronco enorme retorcido por el paso de casi nueve siglos, el profundo pozo excavado en el corazón de la roca por los cautivos de aquellas épocas pretéritas, y el encantador panorama que se divisaba desde la muralla de la ciudad y desde la cual oímos, durante más de un cuarto de hora, los multitudinarios rumores de la urbe, todo esto contribuyó a distraer de nuestras mentes el incidente del gatito muerto.
    Éramos los únicos visitantes que habían entrado en la Torre de la Tortura aquella mañana —al menos eso dijo el viejo guardián—, y el hecho de disponer del lugar de un modo tan exclusivo nos permitió efectuar un recorrido más detallado y más satisfactorio de lo que en otras circunstancias nos hubiéramos podido permitir. El guardián, considerándonos como la única fuente de ganancias de aquel día, se mostró muy solícito y dispuesto a satisfacer cumplidamente nuestra curiosidad. La Torre de la Tortura es en realidad un lugar siniestro, incluso ahora que millares de visitantes han infundido al lugar un hálito de vida, y de la alegría que se deriva de ella; pero en la época a que me refiero su aspecto era de lo más fúnebre que imaginarse pueda. El polvo de los siglos parecía haber tomado posesión de él, y la oscuridad y el horror de sus recuerdos lo habían impregnado de un modo que hubiera satisfecho a las almas panteístas de Philo o de Spinoza. Empezamos la visita por el sótano, una cámara tenebrosa, más tenebrosa aún en contraste con la cálida luz del sol que penetraba a través de la puerta abierta para ir a perderse en el vasto espesor de las paredes; unas paredes que, si hubiesen podido hablar, hubieran contado, seguramente, unas historias espantosas. Experimentamos una sensación de alivio al trepar por la polvorienta escalera de madera, precedidos por el guardián, que mantenía abierta la puerta exterior a fin de iluminar nuestro camino en la medida de lo posible, ya que el velón que ardía en un candelabro colgado de la pared proporcionaba una claridad insuficiente para nuestros ojos.
    Cuando llegamos a la cámara situada directamente encima de la que acabábamos de abandonar, Amelia se apretó tan fuertemente contra mí que pude oír los latidos de su corazón. Debo confesar que no me sorprendió lo más mínimo su temor, ya que aquella estancia era más siniestra aún que la de debajo. Había más luz, desde luego, aunque sólo la suficiente para percibir lo horroroso del lugar. Los constructores de la torre sólo habían abierto ventanas en la parte más alta, diciéndose, seguramente, que los que tuvieran que llegar hasta allí no necesitaban para nada la alegría de la luz y de las perspectivas del paisaje. En la parte alta, como habíamos visto desde abajo, había hileras de ventanas de corte medieval, pero en los otros lugares de la torre sólo había unas estrechas aspilleras como es habitual en las fortificaciones medievales. Unas cuantas de aquellas aspilleras iluminaban débilmente la cámara, aunque estaban situadas a tanta altura que desde ninguna parte podía ser visto el cielo a través del espesor de las paredes. Apoyadas en desorden contra los muros, se veían unas cuantas espadas «cortacabezas», unas armas enormes, provistas de doble empuñadura y de una hoja muy ancha y muy afilada. También podían verse varios tajos en los cuales habían reposado los cuellos de las víctimas, llenos de profundas muescas en los lugares donde el acero había mordido la madera después de haber hendido la carne. Alrededor de la estancia, caprichosamente situados, se veían numerosos instrumentos de tortura, un espectáculo que helaba el corazón: sillas llenas de pinchos que producían un dolor inmediato e insoportable; sillas y reclinatorios llenos de nudos que producían un dolor aparentemente menos intenso, pero que, aunque más lento, eran igualmente eficaces; potros, cinturones, botas, guantes, colleras, para comprimir a voluntad; cestos de acero en los cuales la cabeza podía ser estrujada hasta convertirla en pulpa, en caso necesario; y otros numerosos artilugios inventados por el hombre para torturar a otros hombres. Amelia palideció intensamente a la vista de aquellos horribles instrumentos, aunque por fortuna no se desmayó, ya que cuando estaba a punto de hacerlo se sentó a descansar en una de las sillas de tortura: al darse cuenta del lugar en el cual se había sentado se levantó de un salto, perdidas todas las ganas de desmayarse. Amelia y yo aseguramos que la impresión se había producido a causa de las manchas que el polvo de la silla había dejado en su vestido, y a los pinchazos de sus agudas aristas, y el señor Hutcheson aceptó la explicación con una bondadosa sonrisa.
    Pero el objeto central en el conjunto de aquella cámara de horrores era el artilugio conocido por el nombre de Virgen de Hierro, el cual se erguía en el centro de la estancia. Era una figura de mujer toscamente labrada, de tipo acampanado, o, para mejor comparación, parecida a la mujer de Noé dentro del Arca, aunque sin la delgadez de talle y la perfecta rondeur de cadera que caracterizan el tipo estético de la familia de Noé. Difícilmente se hubiera podido identificar a aquel artilugio con una figura humana, de no haber sido por el capricho del fundidor, que moldeó la parte superior dándole una vaga semejanza con un rostro de mujer. Estaba llena de herrumbre y cubierta de polvo; en la parte delantera, en el lugar que hubiera correspondido a la cintura, había una anilla de la cual podía tirarse por medio de una cuerda que llevaba atada y que pasaba por una polea sujeta a la columna de madera que sostenía el techo. El guardián tiró de la cuerda para mostrarnos que una parte frontal de la figura estaba articulada como una puerta que se abría a un lado; entonces vimos que el artilugio tenía un considerable espesor, y que en su interior quedaba el espacio justo para un hombre, puesto en pie. La puerta era del mismo espesor y de un peso enorme, ya que el guardián tuvo que utilizar toda su fuerza, a pesar de la ayuda de la polea, para abrirla. Este peso era debido, en parte, al hecho que estaba destinada a cerrarse por sí misma cuando se soltaba la cuerda. Al fijarnos en la parte interior de la puerta, pudimos darnos cuenta del siniestro objetivo de aquella diabólica invención. Allí había varios pinchos, largos y macizos, anchos en la base y afilados en las puntas, colocados en tal posición que, al cerrarse la puerta, los situados en la parte superior atravesaran los ojos de la víctima, y los de la parte inferior su corazón y sus entrañas. El espectáculo fue demasiado para la pobre Amelia, que esta vez se desmayó de veras, y tuve que sacarla de la cámara y sentarla en un banco hasta que recobró el sentido. Lo profundo de la impresión que sufrió quedó demostrado más tarde por el hecho que mi hijo mayor nació con un enorme lunar en el pecho, el cual es conocido en mi familia con el nombre de «La Virgen de Nuremberg».
    Cuando regresamos a la cámara, encontramos Hutcheson enfrente de la Virgen de Hierro; no se había movido de allí, y era evidente que había estado filosofando, ya que al vernos se apresuró a ofrecernos el resultado de sus meditaciones, en forma de una especie de exordio.
    —Bueno, creo que he aprendido algo aquí, mientras la señora ha estado fuera, recobrándose de su desmayo. En ciertos aspectos, estamos muy atrasados en nuestro lado del gran charco. Allá en mi tierra creemos que los indios se las saben todas en materia de hacer que un hombre se sienta incómodo; pero ahora estoy convencido que nuestros antiguos gobernantes medievales nos superaban con creces. Splinters, por ejemplo, era un maestro imaginando torturas; pero esta jovencita que tenemos aquí le hubiera hecho avergonzarse de su ignorancia. Sería muy provechoso que nuestro Departamento de Asuntos Indios instalara unos cuantos aparatos de esos en los alrededores de las Reservas, para que aquellos salvajes, y sus mujeres también, se diesen cuenta de cómo los habría tratado la antigua civilización, en el mejor de los casos. Creo que voy a meterme en esa caja unos instantes, sólo para ver qué efecto produce...
    —¡Oh, no! ¡No! —exclamó Amelia—. ¡Es demasiado terrible!
    —Mire, señora, no hay nada demasiado terrible para la mente investigadora. En mis buenos tiempos estuve en algunos lugares que usted llamaría terribles. Pasé una noche en el interior de un cementerio de Montana, mientras la pradera ardía a mi alrededor..., y en otra ocasión dormí dentro de un ataúd para escapar de los comanches, que estaban en el sendero de la guerra y ansiaban hacerse con mi cabellera. He pasado dos días en un túnel excavado en la mina de oro de Billy Broncho, en Nuevo México, y fui uno de los cuatro hombres que permanecieron enterrados vivos por espacio de dieciocho horas, cuando se desplomó el puente que estábamos construyendo en Buffalo. Nunca he rehuido una experiencia nueva, y no voy a empezar a hacerlo ahora...
    Vimos que estaba dispuesto a seguir adelante con su idea, de modo que le dije:
    —Bueno, dese prisa, viejo, y salga cuanto antes.
    —De acuerdo, general —me respondió—. Pero no creo que debamos obrar con tanta precipitación. Los caballeros, predecesores míos, que entraron en esa lata, no lo hicieron voluntariamente, ni mucho menos. Y supongo que armarían un poco de gresca antes de dejarse meter en ella. Yo deseo entrar como Dios manda, e instalarme cómodamente. Tal vez el viejo galeote pueda traer una cuerda y atarme, para que la sensación sea más real...
    Al viejo galeote no debió parecerle demasiado sensata la petición de Hutcheson, puesto que, por toda respuesta a su petición para que lo atara, se limitó a sacudir negativamente la cabeza. Sospecho, sin embargo, que su protesta fue puramente formal y estaba encaminada a obtener un ingreso suplementario, ya que cuando el norteamericano le hubo puesto en la mano una moneda de oro, desapareció unos instantes para regresar con una delgada cuerda. Inmediatamente procedió a atar a nuestro compañero, con la suficiente tirantez para el objetivo perseguido. Cuando la parte superior de su cuerpo estuvo atada, Hutcheson dijo:
    —Espere un momento, juez. Creo que soy demasiado pesado para que pueda meterme usted en la lata. Entraré por mi propio pie, y luego puede atarme usted las piernas.
    Mientras hablaba, se había metido de espaldas en la abertura, la cual era tan angosta que no le permitía ningún movimiento. Amelia contemplaba todo aquello con los ojos llenos de temor, pero no se atrevió a decir nada. Luego, el guardián completó su tarea atando los pies del norteamericano, de modo que nuestro compañero quedó absolutamente indefenso e inmóvil en su voluntaria cárcel.
    Al parecer, lo estaba pasando en grande, a juzgar por sus palabras:
    —¡Creo que a esta Eva la hicieron de la costilla de un enano! Aquí no hay espacio suficiente para un ciudadano adulto de los Estados Unidos. En Idaho solemos hacer más espaciosos nuestros ataúdes. Ahora, juez va usted a cerrar lentamente la puerta. Con todo cuidado, ¿eh? Quiero sentir el placer que experimentaron los caballeros que fueron huéspedes de este aparato, al ver que los pinchos empezaban a avanzar hacia sus ojos...
    —¡Oh, no! ¡No! ¡No! —gritó Amelia, histéricamente—. ¡Es demasiado terrible! ¡No puedo soportarlo! ¡No puedo! ¡No puedo!
    Pero el norteamericano era un hombre obstinado.
    —Oiga, coronel —dijo—, ¿por qué no se lleva a la señora a dar un paseo? No quisiera herir sus sentimientos por nada del mundo; pero ahora que estoy aquí, después de haber recorrido trece mil kilómetros, me desagradaría mucho tener que renunciar a esta aleccionadora experiencia. Un hombre no puede sentirse como un artículo enlatado siempre que quiere... El juez y yo nos ocuparemos de esto, y luego pueden regresar ustedes y nos reiremos juntos.
    Una vez más, la curiosidad le pudo al temor, y Amelia se quedó, fuertemente agarrada a mi brazo y estremeciéndose, mientras el guardián empezaba a soltar lentamente, pulgada a pulgada, la cuerda que sostenía la puerta de hierro. El rostro de Hutcheson estaba positivamente radiante mientras sus ojos seguían el lento avance.
    —Bueno —dijo—, no la he gozado tanto desde que salí de Nueva York. Aparte de una pelea con un marinero francés en Wapping —y una pelea de tres al cuarto, por cierto—, no había tenido aún ocasión de divertirme de veras en este aburrido continente, donde no hay osos, ni indios, ni siquiera caballos. ¡Despacio, juez! ¡No se apresure! Quiero disfrutar el dinero que he pagado por el juego...
    El guardián debía tener en sus venas algo de la sangre de sus predecesores en aquella siniestra torre, ya que iba soltando la cuerda con una deliberada y estremecedora lentitud, la cual, al cabo de cinco minutos, en cuyo espacio de tiempo la puerta había avanzado solamente unas pulgadas, empezó a agotar la resistencia de Amelia. Vi que sus labios palidecían, y noté que la presión de su mano en mi brazo se hacía más débil. Dirigí una mirada a mi alrededor en busca de un lugar donde hacerla reposar, y cuando la miré de nuevo a ella vi que sus ojos estaban clavados con una fijeza obsesionante en algo que estaba al lado de la Virgen. Siguiendo su dirección, vi a la gata negra agazapada y fuera de la vista de Hutcheson y del guardián. Sus ojos verdes brillaban como carbunclos en la penumbra del lugar, y su color quedaba intensificado por la sangre que todavía manchaba su pecho y enrojecía su boca. Grité:
    —¡La gata! ¡Ahí está la gata!
    Pero mi advertencia no impidió que el animal diera un salto, situándose delante del artilugio de hierro. En aquel momento su aspecto era el de un demonio victorioso. Sus ojos brillaban con ferocidad, su pelo estaba erizado hasta el punto de hacerla aparecer de un tamaño doble del que en realidad tenía, y su cola azotaba el aire como la de un tigre cuando se dispone a luchar.
    Elías P. Hutcheson acogió la llegada de la gata como un nuevo motivo de diversión, y sus ojos centellearon, divertidos, mientras decía:
    —¡Vaya con la gata! Eres tozuda, ¿eh? No la dejen acercarse a mí, pues indefenso como estoy podría sacarme los ojos... ¡Cuidado, juez! No suelte usted la cuerda o va a ensartarme.
    En aquel momento, Amelia acabó de desmayarse, y tuve que sostenerla, tomándola por la cintura, para evitar que cayese al suelo. Mientras la atendía, vi que la gata se agazapaba para saltar, y me precipité hacia ella para tratar de impedirlo.
    Pero el animal fue más rápido que yo. Profiriendo un diabólico maullido, saltó, no hacia Hutcheson, como todos esperábamos, sino a la cara del guardián. Sus garras, extendidas como las del dragón de los dibujos chinos, se clavaron en el rostro del pobre viejo, y en su descenso señalaron la mejilla con una franja roja por la que parecía fluir toda la sangre de su cuerpo.
    Con un aullido de terror, el guardián saltó hacia atrás, soltando la cuerda que sostenía la puerta de hierro. Di un salto hacia ella, pero era demasiado tarde, ya que el enorme peso de la puerta la arrastró antes que mi intervención pudiera resultar eficaz.
    Antes que la puerta terminara de cerrarse, vi como en un relámpago el rostro de nuestro pobre compañero. Parecía helado de terror. Sus ojos tenían una expresión de indescriptible angustia, y ningún sonido salió de sus labios.
    Afortunadamente, el final debió ser rápido, ya que cuando conseguimos abrir la puerta vimos que los pinchos habían penetrado tan profundamente que además de los ojos le habían traspasado el cerebro. La muerte tuvo que ser instantánea. Recibí tal impresión, que no fui capaz de hacer el menor movimiento cuando el cadáver de nuestro infortunado compañero salió proyectado hacia adelante, atado como estaba, y cayó pesadamente al suelo, donde quedó boca arriba.
    Entonces me acordé de mi esposa y corrí hacia ella para sacarla de aquel lugar, ya que no deseaba que al recobrarse de su desmayo se encontrara ante un cuadro tan dantesco. Ya afuera, la acomodé en un banco y regresé a la horrible cámara. El guardián, apoyado en la columna de madera, sollozaba de dolor mientras se aplicaba a los ojos un enrojecido pañuelo. Y, sentada sobre la cabeza del pobre norteamericano, la gata maullaba sordamente mientras la sangre fluía a través de las vacías cuencas de los ojos del muerto.
    Creo que nadie me echará en cara lo que hice a continuación: tomé una de las antiguas espadas «cortacabezas» y partí en dos a la gata sobre la misma cabeza de Elías P. Hutcheson.
    Editado por Efigenio "el Tocas" Sabrosito en 16-nov-2007 a las 07:57

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    Predeterminado

    La gallina degollada

    Horacio Quiroga

    Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta.

    El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

    Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

    El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

    Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

    Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

    Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

    —¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

    El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

    —A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.

    —¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?...

    —En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.

    Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

    Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.

    Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

    Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

    Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

    No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

    Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

    —Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.

    Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.

    —Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

    Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

    —De nuestros hijos, ¿me parece?

    —Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.

    Esta vez Mazzini se expresó claramente:

    —¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

    —¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.

    —¿Qué, no faltaba más?

    —¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

    Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

    —¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.

    —Como quieras; pero si quieres decir...

    —¡Berta!

    —¡Como quieras!

    Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

    Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

    Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.

    No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

    Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.

    De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

    Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.

    —¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . .

    —Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

    Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!

    —Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti. . . ¡tisiquilla!

    —¡Qué! ¿Qué dijiste?...

    —¡Nada!

    —¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

    Mazzini se puso pálido.

    —¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

    —¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

    Mazzini explotó a su vez.

    —¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

    Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.

    Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

    A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

    El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...

    —¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

    Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

    —¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

    Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

    Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron;, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.

    Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

    De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

    Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

    Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

    —¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

    —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

    —Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

    Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

    —Me parece que te llama—le dijo a Berta.

    Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Bertita a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.

    —¡Bertita!

    Nadie respondió.

    —¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.

    Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

    —¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

    Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

    —¡No entres! ¡No entres!

    Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

  9. #9
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    Ico27 Corazon

    :. Enrique Anderson nos quiso impresionar diciendo: Ver post
    Dejo este link donde pueden encontrar cuentos de consagrados:

    http://www.ciudadseva.com

    Otros los sacaré de bibliotecas virtuales, como ésta:

    http://hansi.libroz.com.ar/
    Wow. ¡Hansi tiene a la consagrada de Josefa Vázquez Cannabis !!!

    Pura educación...
    At the secret service of her majesty

  10. #10
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    Predeterminado

    Un clásico que jamás pasará de moda, y que incluso tiene un "remake" en la literatura mexicana con "Cuestión de dedos" de Edmundo Valadez

    El capote - Nikolai Gogol

    http://www.bibliotecasvirtuales.com/...l/elcapote.asp

  11. #11
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    Predeterminado

    Cuento Muy Morfosintáctico


    El asesino

    era el escriba

    (cuento semiótico)

    Mi profesor de análisis sintáctico era el tipo de sujeto inexistente.

    Un pleonasmo, el principal predicado de su vida, regular con paradigma de la 1ª conjugación.

    Entre una oración subordinada y un adjunto adverbial, no tenía dudas: siempre encontraba una manera asindética de torturarnos con una aposición.

    Se casó con una regencia.

    Fue feliz.

    Era posesivo como un pronombre.

    Y era bitransitiva.

    Intentó irse a EUA.

    No se pudo.

    Encontraron un artículo indefinido en su equipaje.

    La interjección del bigote declinaba partículas expletivas, conectivos y agentes de pasiva, todo el tiempo.

    Un día, lo maté con un objeto directo en la cabeza.


    Paulo Leminski

    Lindo, no?

  12. #12
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    "El Fantasma de Canterville". -Oscar Wilde-. Cuando se suponía que en mi casa espantaban, mi papá me lo regaló de niño. Todavía hace que me ria de todos los "Carlos Trejo" del mundo y que ahora me muera de ganas de cotorrear con un fantasma.

  13. #13
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    Predeterminado

    Les traje este de mi amigo loco, Luis Garvos. Espero y lo disfruten.


    La mano negra.


    Aquel día, Garvos decidió ir a donde las putas.

    En esa época del año las tarifas son buenas. Garvos se conforma con la masturbación clásica, hecha con mano derecha, sin boca. Dos dólares, sin bebida. Llega al antro de siempre. Las putas, cuando lo ven entrar, miran asqueadas hacia otro lado. Garvos ignora los gestos. La dueña se acerca.

    ¿Qué deseas?, le pregunta de mala gana…

    Lo de siempre, dice Garvos, intentando ignorar el espejo de cuerpo completo que muestra descaradamente su reflejo: un atuendo de colores revueltos de comemierda, parado en la entrada, encorvado.

    Lo siento, Garvos, pero la abuela se murió hace dos semanas. Ya estaba muy vieja… y era la única dispuesta a darte el servicio… ¿Y las otras? , pregunta Garvos, tranquilo, muy tranquilo. No Garvos, tú sabes que me amenazaron con renunciar si las obligo a servirte. Puta madre, eso lo sabe Garvos, que existen ocasiones en las que ni quejarse ayuda… Pero, dice de repente la dueña, te puedo ofrecer nuestro nuevo servicio: la mano negra. Garvos sólo quiere que lo masturben, no que le metan el dedo por el culo. No gracias. Espera Garvos, la mano negra significa que tú te sientas frente a una pared en uno los cuartos, en la que hay un hoyo, y de allí sale una mano, sólo la mano, y te cumple el servicio. Frente a ti cuelga un espejo, para que te inspires.

    Bueno, dos dólares para que una tercera mano te masturbe no es mala idea, piensa Garvos, y decide probar. En el cuarto se sienta frente al hoyo, se baja los pantalones, prepara las servilletas, coloca el espejo en posición y espera a que salga la dulce mano. La mano sale. No es que Garvos haya esperado la sensible mano de una nena de quince añitos, no, pero esa mano es todo lo contrario a dulce y sensible. Es callosa, dura, venosa, grasosa, negra, con pelos gruesos y uñas amarillentas. No le da tiempo a nada. Le coge el trozo de un golpe y comienza a trabajárselo, con experiencia, sabroso. La erección es fenomenal. Garvos sabe que está presenciando la mejor masturbada de su vida. El espejo le muestra su cara de idiota, estúpido, babeante, y esa mano gruesa y dura, que lo masturba MARAVILLOSAMENTE. Los pantalones se hacen bola en sus tobillos. Garvos se quiere escapar, pero la mano dura lo sostiene con fuerza. Bueno, no estaba planeado, pero así es la vida. “Si quieres hacer reír a dios, cuéntale tus planes”, oyó Garvos decir en alguna película. Puta madre, lo peor es que le comenzó a gustar. Garvos se deja hacer. A veces le duele la brusquedad peluda y callosa. Después de tres sacudidas más, explota como nunca. El espejo queda salpicado, igual que sus sentimientos.

    La mano desparece. Garvos sale del cuarto, paga, deja propina, y se va sin decir adiós.

    En la calle siente el golpe del sol.

  14. #14
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    Predeterminado

    :. Enrique Anderson nos quiso impresionar diciendo: Ver post
    Les traje este de mi amigo loco, Luis Garvos. Espero y lo disfruten.


    La mano negra.


    Aquel día, Garvos decidió ir a donde las putas.

    En esa época del año las tarifas son buenas. Garvos se conforma con la masturbación clásica, hecha con mano derecha, sin boca. Dos dólares, sin bebida...
    2 dólares... No alcanza ni para un buen lubricante.


    Una cheve es mas divertida.
    At the secret service of her majesty

  15. #15
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    Predeterminado

    Para los que les da hueva leer:

    "El guardagujas" de Juan José Arreola en audiocuento:

    http://www.leerescuchando.com/LEguardagujas.html


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